lunes, 27 de septiembre de 2010

La Madre Patria: mestiza también

Resulta falaz pensar que existe tal cosa como una “cultura pura”, pues, al final, incluso la más consolidada y hegemónica de las civilizaciones fue en algún momento un caótico conjunto de pueblos que fue amasándose con el tiempo (y con mucha frecuencia, con las guerras) en una tortilla de costumbres que más tarde se transformaría en nación.

La cultura de España, la llamada “Madre Patria” de los pueblos latinoamericanos, es todo menos la excepción. Y es que si seguimos la connotación del afectuoso (y casi reverencial) término con el que nos referimos los hispanos a la nación-imperio que se erigiría en la Península Ibérica, se observa que, tal como una mujer, esta madre que llamamos España también fue hija, nieta, y bisnieta de otras culturas que no sólo la precedieron, sino que influyeron tanto en su forma de caminar, cantar y bailar (entiéndase su folclor) como, y he aquí el asunto que nos compete y nos interesa más, en su forma de hablar y escribir; es decir: su idioma.

Mucho antes del nacimiento de España como nación, la cultura árabe ya se cortejaba con la visigoda en lo que eran diferentes reinos con idiosincrasias muy distintas. La invasión árabe en el año 711 no solamente trajo a las tierras del norte de Gibraltar nuevos conceptos teológicos y sociopolíticos, sino que en medio de lo que se podría interpretar como una simple (y feroz) lucha territorial, se fecundaba el embrión que sería luego la madre de todas las naciones hispanas.

Tras ocho siglos de violenta transformación, el período histórico conocido como Reconquista termina con la toma de Granada y el final de la ocupación árabe; sin embargo, el alma de España ya estaba marcada, y podría decirse que a un nivel cuasi-genético, por ochocientos años de una fusión cultural que aún hoy es evidente en lo que se reconoce como “autóctono” de la cultura española.

Y es entonces que me planteo la pregunta, aunque no sea en este escrito que quede respondida: ¿por qué solamente se habla de mestizaje en los pueblos latinoamericanos, cuando se estudia la combinación de la raza africana, la europea y la indígena? Visto el largo período en que la Península Ibérica fue más árabe que cualquier otra cosa ¿No podría decirse que España (y como se ha dicho, virtualmente toda cultura humana) es producto de un “mestizaje” muy anterior al de las Américas? uno que da la impresión que han preferido mantener en recónditos arcones de su historia y disfrazarlo de homogéneo, tal como los “blancos criollos” guardaban el retrato de algún pariente negro o indígena con miedo de que atentara contra su “pureza” cultural.

Cierro estos párrafos entonces pensando en nuestra sangre que es doble, triple, e infinitamente mestiza, quizá porque el propio mestizaje está estampado en cada pueblo humano, aunque sus delirios enceguecedores de pureza les impidan reconocerlo. Porque como dije al empezar, no hay madre patria que no sea también hija y nieta de otras que, aunque remotas, dejan su huella en ella. Y en virtud de esperar un futuro donde las culturas reconozcan su interdependencia y su pluralismo, termino con una exclamación de esperanza y plegaria que es herencia de aquellos hombres provenientes de dunas y portadores de cimitarras: ¡Ojalá!





lunes, 20 de septiembre de 2010

La Verdad (Relato en diez trinos*)

Nadie sabe dónde queda ese lugar que llaman "la Verdad", pero todo el mundo confunde a quien pregunta por él y le dan direcciones distintas.

"¿La Verdad? Mira, pasa esa montaña, cruzas como 10 kilómetros..."
"¡No, chico! La verdad queda por el desier.." "¡No, no, no, la Verdad..."

"Déjeme explicarle; la Verdad queda en mi pueblo, venga que yo lo llevo..."
"¡Epa! No se deje engañar, la Verdad queda alláaaa arribota..."

"Venga, mijito, que le explico: la Verdad está aquí cerquita, yo la visitaba mucho cuando joven, pero ya ni me acuerdo dónde es que andaba".

"No le haga caso usted a esta pobre vieja; la Verdad está donde siempre ha estado. Si quiere lo llevo, yo siempre paso por allá"...

Muerto de sed, cansado y desanimado, se sentó en el solitario y polvoriento camino, y sospechó que buscaba la verdad de otros y no la de él.

Días más tarde, le vieron pasar, y le preguntaron a dónde iba. "A la Verdad" contestó con el gesto de quien sabe algo que otros ignoran.

"¿Y eso dónde queda?" le preguntaron, arrugando sus narices. Y él contestó: "Yo no tengo la menor idea, pero hacia allá es donde iré".

"¿Necesita de algún guía?" le ofreció una voz chillona. "No, gracias. Si algo he descubierto, es que a la Verdad se tiene que llegar solo".

- FIN - (de verdad).

*Originalmente este relato fue presentado en manera de "trinos" en la red social "Twitter".

domingo, 19 de septiembre de 2010

Decálogo del Perfecto Cuentista - Horacio Quiroga

I

Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.

II

Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III

Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV

Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V

No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI

Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII

No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII

Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX

No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

lunes, 9 de agosto de 2010

¡Despierta, peón!



“Los peones son el alma del ajedrez” François Philidor.


Escúchame, peón: ¡retrocede! ¿Por qué avanzas sin pensar?
¿Qué impulsa tu trote triste en lo que es de cuadros un mar?
Esta guerra no es la tuya, tú al Rey no has visto jamás.
Dime, entonces, ¿por qué luchas?, ¿a qué otorgas tu lealtad?

¿Te has dado cuenta tú, acaso, que no puedes regresar?
Te acercas hacia la muerte con cada paso que das.
Y todo ¿por qué, por quién? “Por el reino”, me dirás.
¡Qué reino ni que ocho cuartos! ¡Que es sólo un juego falaz!

En ele galopa el caballo, el alfil va en diagonal,
Las torres en línea recta, ¡pero pueden retornar!
A la Reina ya la has visto: rimbombante y señorial,
y aunque tu Rey poco avance, protección le ha de sobrar.

Tú en cambio vas paso a paso, en tu rectilíneo andar
que todo el ejército sabe que al final te va a matar.
Y aún así tú prosigues, vista al frente y sin pensar
en una marcha y una guerra que no puedes explicar.

Si eres blanco es contra el negro que tu espada sacarás.
Y si de ébano es tu armadura, a los albos odiarás.
¿Quién te metió en la cabeza ese conflicto mordaz?
Ese odio blanquinegro que no has entendido jamás.

Alguna vez me dijiste que crees en la posibilidad
de que al cruzar el tablero en noble te convertirás.
Pero dime: ¿vale la pena por ese sueño arriesgar
la vida que hoy posees, tu alma, tu identidad?

¿De qué te sirve esta guerra que dura una eternidad
si ni Kasparov ni Fischer la quisieron terminar?
No dejes que el hombre te saque de tu pastoral hogar
y te meta en su violenta, triste y oscura fealdad.

Demasiado ha sido el tiempo que en ese conflicto estás.
No piensas en tu existencia, no te has puesto a meditar
en que esta batalla absurda sólo tú la puedes parar.
“¿Yo?” exclamarás incrédulo. ¡Sí, tú, allí mismo donde estás!

Escúchame muy atento, con toda tu redonda faz:
¡niégate a comenzar el juego, no te muevas de lugar!
Y aunque encima de ti se atreva algún caballo a brincar
tú quédate ahí, pie de plomo, y la batalla detendrás.

Si a tus siete compañeros logras unir a este plan
ni la monarquía ni el clero forma alguna encontrarán
de oponerle resistencia a tu firme inmovilidad.
Habrás ganado, peón: ¡saluda alegre a la paz!

 

lunes, 26 de julio de 2010

Sombras escurridizas

Unos sabios antiquísimos, de esos que nadie recuerda, escribieron en crujientes papiros que ya hoy sólo son moho, que en el momento de la creación del ser humano merodeaban por el cosmos unos seres de animosidades grisáceas e ímpetus oscuros que gritaban en tonos menores. Y como su vida se limitaba a las sombras del Vacío, querían que Él reconociera su existencia, pero vencidos por su impaciencia, resolvieron colarse en el secretísimo caldo que se preparaba en las más sagradas cámaras de Sus estancias. Y entre la divina sustancia, hecha de las más nobles partículas que podrían encontrarse en las anchuras del infinito, se mezclaron aquellos oscuros seres, y pasaron a formar parte de la brillante arcilla que daría origen a nuestra especie.

Al crear, al fin, al tan ansiado figurín, Su regocijo fue tal que llenó de música los Catorce Cielos e incluso las vacías esquinas de los profundos Cinco Sótanos. Pero en medio de Su luminosa alegría no advirtió Él las extrañas sombras que se movían detrás de las pupilas del hombrecito, quien aún permanecía inmóvil, pues no había recibido el hálito dorado que le permitiría moverse con elíptica libertad en su nueva y redonda morada, un globito flotante que albergaba Sus más recientes creaciones y era el orgullo de Su inmensidad.

Y comenzó el sempiterno movimiento de las orbes cósmicas, de aquel elaborado juguete que le había tomado seis días enteros crear (aunque nadie sabe cómo se miden los "días" en Su mundo, o si Su mundo es siquiera un mundo, y se debe creer que más bien son cosas a los que los sabios no tenían cómo llamar y simplemente optaron por usar sus propias y minúsculas medidas para explicárselo a los suyos) y que aún después de haberlo creado, le dedicaba casi todo su tiempo, que también era infinito y por tanto no podía dedicárselo todo en realidad, pero ya entienden.

En fin, cuando empezó a girar aquel parapeto se dio cuenta de que algo no estaba de acuerdo a Su plan, que el muñequito se comportaba de una manera extraña, haciéndose daño a él mismo y a la pequeña multiplicación de su esencia. Aquello ciertamente Le alarmó, ya que si las cosas no iban de acuerdo a Su plan, ¿de acuerdo al plan de quién podrían ir? Es sin duda uno de los problemas de sentir ansiedades paranoicas cuando se es omnipotente.

Y con una exclamación en metálico crescendo que retumbó en cada rincón del (ya no tan) Vacío, reunió a su numerosa corte de heraldos alados a ver si alguno sabía qué podría haber ocasionado semejante anomalía y cómo era posible que hubiese escapado de Su visión multidimensional e infinita. Unos adelante, los de mayor rango, portadores de coloridas alas de plumas brillantes como las de brillantes pavos reales, y otros atrás, los pequeños y juguetones querubines, de alas pequeñas con plumas blancas como de ganso (que no de cisne, pues aquellas estaban reservadas para una jerarquía superior dentro de Su corte, algún angelino o arquerubín). El hecho es que todos temblaban por dentro de saber que Él estaba furioso y desesperado, y Su rabieta incandescente les cegaba la vista.

Pero había entre el alado séquito un par de ojos voladores y alas de refulgente rubí que no sentían el pavor que Su ira provocaba ante sus compañeros. Y sucedía que desde hacía mucho tiempo que venía contemplando Su obra, y era pues que, en secreto, había estudiado lo suficiente Su creación como para atreverse a sugerir lo que podía estar sucediendo en aquella esfera verdiazul donde el hombrecillo injuriaba Su nombre y atentaba contra Su plan de armonía y orden cósmico.

Y la voz de quien lucía las alas escarlatas resonó con decisión ante el mutismo que Su presencia inspiraba, y con su timbre que sonaba como flautines pastorales se dispuso a explicarle que unas extrañas y sombrías criaturas se habían colado en Su obra en algún momento, quizá en aquel día, ése en que anunció que descansaría, o quizá en un día anterior, cuando se ocupaba de crear el mosaico de algún caparazón o de retocar el diseño de alguna amapola.

Ante la mirada atónita de Sus alados súbditos al escuchar sobre aquel imprevisto, y al ver que en el rostro en medio de aquellas rojizas alas se iba dibujando una mueca extraña, una que en toda Su eternidad no había visto, una que por primera vez le señalaba que dentro Su infinita existencia aún habían cosas que ignoraba y que podían escapar de su mirada omnipresente, no supo qué decir. Y en un silencio que aturdió al universo bajó su mirada al sirviente que había tenido la osadía de cuestionar Su perfección.

Los amarillentos ojos del que poseía las alas rojas sintieron el calor de la omnipotencia, y ya no le resultaba tan sencillo hablarle como si se tratara de un igual. Abismado ante Su inmensidad, intentó excusarse, aclarando que solamente se remitía a decir lo que había visto, algo que podría comprobarse fácilmente, tan solo examinando al controversial figurín y extirpando lo que ahora era la esencia licuada de las criaturas sombrías que formaban ahora parte de él.

Pero fue inútil: Él ya no le escuchaba, y lo reprendió fuertemente ante sus compañeros por cuestionar Su omnipotencia, Su omnipresencia, y Su capacidad de conocer todas las preguntas y todas las respuestas posibles, y Su llameante ira llenó por un instante todas Sus estancias, incluso los Cinco Sótanos, que prendieron en fuego con llamas que perdurarían por toda la eternidad, tiempo que solamente Él sabe cuándo llegará.

Y allí fue donde se expulsó al de las alas rojas por sugerir que Él, cuya mayúscula en cada uno de sus pronombres es señal de Su incuestionable divinidad, había cometido un error. Y tanto calor hacía en aquellas estancias llameantes, que su llanto no producía ya las resplandecientes lágrimas de antaño porque se evaporaban, y pronto su desasosiego se convirtió en ira; pero no contra Él, cuya omnipotencia seguía abrumándolo y en secreto le hacía temblar, sino contra Su obra, aquél torpe hombrecito que por su luz jugaba a vivir y por su oscuridad jugaba a matar. Y maldijo al figurín, y a las sombras escurridizas que quizá por ser Él tan enorme y omnipresente no podía ver.

Y si antes sólo sus alas eran rojas, todo él se había vuelto rojo de fuego, rojo de calor, rojo de locura y rojo de frustración, y solamente sus pupilas retuvieron el color que poseían antes de ser confinado a los antaño fríos Cinco Sótanos, y con aquellas amarillentas orbes abiertas como su pensamiento juró que no descansaría hasta demostrar que habían sombras dentro de los hombres, y que Él se había equivocado.

Y cada vez que muere un hombre, y su luminosa esencia se reúne con Su omnipotencia, el Expulsado extrae de la abandonada carcasa aquellas minúsculas sombras y las lleva a sus infiernos, esperando que algún día tenga de nuevo la oportunidad de presentarlas ante Él, y que quizá se retracte de su castigo, y reconozca que se distrajo y cometió un error. Y las viscosas criaturas aún gritaban en su lengua gutural que sonaba a arcáicos contrabajos, frustradas de no haber logrado que Él les reconociera tampoco, y anhelando el momento en que el Rojo probara su existencia ante Él. Pero demasiado tiempo ha pasado, y nadie recibe sus incontables pruebas documentadas en sobres ardientes ni sus apelaciones a las Cortes Azules.

Sabe que le han olvidado, y ha comenzado a pensar que ha sido más útil para el universo el tenerlo en los ardientes recovecos adonde había sido confinado. Y gracias a Sus órdenes, los hombres pronuncian sus muchos nombres como símbolo de maldad y oscuridad, y hay quienes dicen que una vez lo vieron como serpiente, dizque ofreciendo una fruta desabrida a la que del primer figurín fuese una costilla, entre muchos otros cuentos de los que no tenía ni la menor idea de dónde salían ni quién los escribía.

Lo cierto era que le habían condenado por decir la verdad, en un momento donde no comprendió que a los individuos omnipotentes nadie les puede cuestionar nada, y que para gozar de Su gracia es mejor mantener la boca cerrada. Esto lo supo cuando era quizá demasiado tarde, más por viejo que por lo que era; o mejor dicho: por lo que decían que era.

lunes, 19 de julio de 2010

Poema prestado (Poema cuadrado)

Después de descubrirla, odio un poco al mar por habérsela llevado. Somos muchos los prisioneros en un mundo cuadrado. Al menos tenemos sus poemas para recordarla. A Alfonsina, por supuesto:

Cuadrados y ángulos (Alfonsina Storni)


Casas enfiladas, casas enfiladas,
casas enfiladas.
Cuadrados, cuadrados, cuadrados.
Casas enfiladas.

Las gentes ya tienen el alma cuadrada,
ideas en fila
y ángulo en la espalda.
Yo misma he vertido ayer una lágrima,

Dios mío, cuadrada.
 

martes, 13 de julio de 2010

Decálogo del Resentido

En un baúl de madera oscura encontré un panfleto arrugado que me entregó un hombre de sombrero y sobretodo cuya mirada filosa aún recuerdo hoy. También recuerdo que, después de entregármelo, el peculiar hombre se alejó vociferando algo sobre la porquería del mundo y la injusticia de la vida. Al leerlo supe que se trataba de un resentido que representaba a su gremio e intentaba convencer a los transeúntes de que se unieran a lo que él promocionaba como "un estilo de vida aplicable a cualquier individuo, donde sólo basta seguir algunos sencillos pasos".

A continuación presento una transcripción del panfleto, ya que el original se ha vuelto ilegible a causa de que lo he vuelto a amuñuñar en una bola aún más pequeña de lo que era cuando lo encontré en el baúl, producto de la misma emoción que me asaltó cuando lo leí por primera vez, la cual ahora identifico como la posible razón que el individuo se haya alejado entre murmullos. Aquí va:


"Decálogo del Resentido"
(O "Primeros pasos para convertirse

en uno de los nuestros")

1 - Yo resiento, luego existo. Y aunque no exista, resentiré de mi inexistencia.

2 - Resentiré de todos por igual, sin discriminación alguna, porque los otros siempre serán los culpables de mi infortunio.

3 - Resentiré de la riqueza de mi vecino, sin importar su origen, porque no soy yo quien la goza. Rogaré por su pronta ruina y reiré apenas venga.

4 - Resentiré de la belleza física de otros, pues la ostentan como si la hubiesen obtenido por mérito. Disfrutaré verlos caer en catástrofes de donde su fenotipo no pueda rescatarlos.

5 - Resentiré de la inteligencia de quienes sepan más que yo. Buscaré siempre el modo de desprestigiarles y de aprovechar cada una de sus fallas para ridiculizarlos.

6 - Resentiré de quien me ofrezca ayuda, pues sé que en el fondo solo lo hace para restregarme su superioridad. Esperaré el momento de verlo en apuros para mostrarle cuán superior soy.

7 - Resentiré de mi enemigo, pues me ha elegido a mí para luchar contra él, habiendo tanta gente en este maldito mundo.

8 - Resentiré de mi amigo, pues me ha elegido a mí para apoyarlo a él, habiendo tanta gente en este maldito mundo.

9 - Resentiré de mi familia, pues ella es la principal culpable de mis fracasos. No fallaré en cometer los mismos errores para poder culparlos a ellos de mi desgracia.

10 - Resentiré de todo aquel que sea feliz por el simple hecho de que yo no lo soy.


Si sigues estos pasos al pie de la letra
¡Enhorabuena! Eres un resentido.

Bienvenido al club.



NOTA: No tenemos teléfono ni sitio de reunión porque nadie se ha dignado a ofrecernos una ayuda en esta porquería de ciudad que solo ayuda a los negros, inmigrantes y homosexuales, que son los causantes de las desgracias de nuestra nación, que se ha ido al infierno gracias a los ricachones que están muy contentos sin hacer nada. ¿Y los intelectuales? ¡bien, gracias! metidos en sus libros sin encontrar una salida a este asunto. Y a las monjitas que nos ofrecieron sus limosnas, ¡JA! ¡Que se las metan ya-saben-dónde! Uno desempleado, y la iglesia todavía dándose el tupé de venir a darnos pan y vino. ¡Igual que nuestros padres, que por una copa de vino nos arruinaban la infancia y permitían que uno terminara así!