Hoy es cuatro de febrero del 2014, una fecha que pasa desapercibida en muchos lugares del mundo pero contiene hechos importantes en la historia que van desde la fundación de la red social Facebook hasta la elección de George Washington como presidente de los Estados Unidos. Para los venezolanos, sin embargo, esta fecha tiene una especial resonancia, pues conmemora dos décadas y dos años desde que un grupo de militares atentaron contra el gobierno - democráticamente electo, señalarían enfáticamente algunos hoy, quizá para darle legitimidad a pesar de sus defectos, porque lo que es igual no es trampa - de Carlos Andrés Pérez.
Yo tenía apenas siete años en aquel momento (en realidad estaba a una semanas de cumplirlos, pero para efectos de este escrito, da lo mismo), así que mi vivencia del momento no se remitió a mucho más que a tener un día sin escuela y ver montones de aviones sobrevolar el cielo de la verde urbanización valenciana donde vivía en ese entonces.
A pesar de ser un niño de primero o segundo grado, recuerdo bien aquel momento: sentado con mis padres en el balcón de mi casa, viendo un televisor que mostraba imágenes que iba desde ciertos militares uniformados hasta un repetitivo video de una tanqueta desmoronando una pared del palacio presidencial. Dichas imágenes son bien conocidas hoy día; podría incluso decirse que forman ahora parte de nuestra historia contemporánea y nos permiten marcar un claro punto de origen a los traumas que hoy sacuden a Venezuela. Con lo anterior, cabe aclarar, no quiero decir que todos nuestros problemas se hayan generado espontáneamente a partir del golpe de estado del 4 de febrero, pero sí está claro que fue un momento clave para agravarlos. Pienso que el cuatro de febrero convirtió el descontento en ira, y el resentimiento en venganza.
Todos sabemos que uno de los elementos más importantes del 4 de febrero tiene - tuvo - nombre y apellido: Hugo Chávez. A pesar de ser una subversión de numerosos oficiales del ejército, muchos de los cuales son prominentes figuras del escenario socio-político venezolano, aquel teniente coronel que declaró ante las cámaras que "los objetivos no han sido cumplidos... por ahora..." obtuvo un beneficio sustancial de su derrota televisada: se convirtió en un ídolo popular.
Por un proceso social simultáneamente simple y complejo, Chávez obtuvo en aquel momento mucho más que los quince minutos de fama que predijo Andy Warhol: se convirtió en la encarnación de los ideales populares. Similar a las aves que conservan en sus mentes la imagen de la primera criatura que observan al nacer, un importante sector de Venezuela vio en Hugo Chávez una figura que encarnaba el cambio que ellos deseaban. Esto, sumado a la amplia tradición caudillista que aún hoy impera en el subconsciente venezolano, permitió que aquel militar golpista se convirtiese en el presidente más controversial de la historia reciente venezolana, uno que se tatuó en tal nivel dentro de la psique nacional que pudo, frente a nuestras mismas narices, alterar básicamente todo aquello que definíamos como "Venezuela".
Pero no estoy acá para hablar de Chávez, aunque éste sea un elemento clave en los hechos del 4-F. No me cabe la menor duda que si el que se hubiese anunciado en televisión hubiese sido Perico de los Palotes, entonces el párrafo anterior trataría sobre Perico de los Palotes. La verdad no sé bien para que estoy acá aparte de desahogarme un rato, pero puedo decir que me interesa más hablar de una visión más global, o lo que los gringos llaman "the big picture". A tantos años de la fecha que hoy se conmemora, ya es posible - y necesario - establecer relaciones claras entre lo que aconteció entonces y lo que acontece ahora.
Es importante tejer esas conexiones, pues los venezolanos somos víctimas de una enseñanza histórica demasiado fragmentada como para comprender cualquier cosa relevante sobre ella. Toda nuestra concepción histórica es como un rompecabezas incompleto que guardamos en una caja y no queremos armar más: una fecha por aquí, una batalla por allá, y se sale uno de bachillerato sin saber cuáles fueron las repercusiones de las campañas de Bolívar en el desarrollo futuro del país, o de por qué Páez muere en Nueva York y Miranda en la Carraca. En fin, que la historia icónica, monolítica y fragmentada nos hace ingenuos e incautos, y hoy vemos el cuatro de febrero con simplismos al extremos: los chavistas lo celebran como el nacimiento de un Mesías y los opositores le escupen y lo niegan como una fecha innombrable. Yo considero necesario contemplar al 4 de febrero con la solemnidad y tristeza que merece todo estallido social producto de un descontento genuino.
Uno de los descuidos más grandes de la Venezuela actual es la de creer que las fuerzas que elevaron al chavismo al poder, comparable a otras en la historia como la herida Alemania pre-Nazi o la pisoteada Rusia de los zares, no tienen una justificación histórica. La tienen, pero el problema radica en que no se canaliza constructivamente el descontento, sino que se convierte en vehículo del populismo y la prolongación de la pobreza. El pueblo, como un trágico ascensorista, cumple inocentemente su labor de llevar hasta lo más alto del poder a demagogos y estafadores para luego volver de nuevo a los oscuros sótanos de la miseria.
El cuatro de febrero prometió revolución, pero sólo lo ha sido en el sentido más destructivo de la palabra. No hay nada de revolucionario en quienes denuncian el engaño para luego cometerlo, no hay nada de revolucionario en quien reclama injusticia para luego patrocinarla. No hay nada de revolucionario en rechazar el imperialismo y dejarse colonizar por las ideas de Fidel, ni el que dice repudiar la corrupción y saquea a la nación más que ningún otro. No hay nada de revolucionario en quien sólo concibe que la igualdad del pueblo sea en la miseria, ni hay nada de revolucionario en quien promete salvar al pueblo y lo condena al hambre y al hampa.
Hoy siento que nuevos peligros acechan nuestro porvenir nacional: el resentimiento sigue siendo el gobernante con mayor poder en el país, ya no controlando solamente a los que en algún momento apoyaron al chavismo, sino a quienes han recibido tantas bofetadas sociales de manera gratuita, sólo por pertenecer a clases sociales distintas. Los marginadores convertidos en marginados, paradoja constante de extremistas ideológicos sin conocimiento de la ideología. Veo una idiosincrasia que, sin distinguir clase social ni partido político, se va llenando de violencia e ignorancia: el otro es malo, el otro no tiene razón, el otro no debería existir.
"Chavista". "Escuálido". "Te odio, niche". "Maldito sifrino". "Burgués". "Comunista". Y la morgue de Bello Monte llena, y el malandro que nos mata sin preguntarnos por quién votamos.
Cazando a la quimera de la igualdad, lo que se ha logrado en Venezuela es resaltar las diferencias, que no son tantas como creemos, pero que vistas desde los espejos cóncavos que nos presentan los discursos políticos así lo parecen. Veo a un país al que le enseñaron que debe buscarse en Cuba y a otro que se escupe a sí mismo y quiere ser Suecia, Canadá o Australia; cualquier cosa menos Venezuela. Mientras tanto, el caos impera y el petróleo sigue fluyendo, hundiéndonos en el viscoso mar de nuestros desatinos.
Hoy es cuatro de febrero, y a pesar de haber sido un niño hace veintidós años, contemplo ésta como una fecha trágica de implosión social, cuyo eco hoy vivimos y padecemos. Matriz de muerte, exilios y miserias, sufrimiento e ira de un pueblo mordisqueado por una víbora de ponzoña inagotable.
En algún rincón de mi cabeza hay un ático polvoriento. Es el cachivachero, santuario de ideas sin cabeza, traviesos recuerdos, pensamientos mudos e imágenes torcidas.
martes, 4 de febrero de 2014
lunes, 9 de diciembre de 2013
El día que el Sol no salió
“It is a hypothesis that the sun will rise tomorrow: and this
means that we do not know whether it will rise” - Wittgenstein
Se despertó como todos los días, con su sentido del oído más alerta que
el resto de su cuerpo. Intentando mover los pies, siempre más perezosos que sus
otras extremidades, fue abriendo los ojos para corroborar que era la hora
indicada. El despertador, ese antipático aparato que nunca dormía, parecía
disfrutar dándole la hora: las siete y veintinueve.
Ya hacía tiempo que se despertaba justo un minuto antes de la hora que
había pactado como la más prudente para iniciar su faena, y siempre maldecía no
poder dormir ese último minuto. Estaba seguro de que si por casualidad decidía
prescindir del despertador, se quedaría durmiendo hasta el mediodía. Así era su
vida, pensaba, aceptando las burlas de las agujas del reloj. Estirándose,
aunque aún sin levantarse, encendió el televisor, de donde salió la voz ansiosa
de una demasiado maquillada comentarista
“…sado que el presidente aún no se pronuncia
en relación a lo ocurrido. También los representantes de la Unión Europea
convocan a un consejo de emergencia e insisten en lo que parece ser el mensaje
común de todos los gobiernos del mundo: se debe mantener la calma po…”
No entendía
bien lo que pasaba, pero parecía urgente. ¿Nuevo ataque terrorista, repentina
debacle económica? Silenció cualquier pensamiento especulador y cambió a otros
canales, esperando que los hechos hablasen por sí mismos. Fue una famosa cadena
anglosajona de noticias la que confirmó lo que ya su subconsciente había
identificado, analizado y aceptado sin su consentimiento:
“… to address this unprecedented
event, one that has never before been registered in the history of mankind and,
quite possibly, of the planet: today our mother star, the Sun, has not appeared
in our sky, and is nowhere to be found…”
Meditó
rápidamente en lo que aseveraba el noticiero extranjero, y lo siguiente sucedió
en cuestión de segundos: se levantó, abrió la impenetrable cortina que le
separaba de la luz mañanera, y allí pudo
contemplar lo que tenía a todo el planeta paralizado y en asombro. El noticiero
tenía razón. Era cierto, el sol no estaba: se había negado a salir.
Se repetía
incesantemente que era imposible; después de todo, la ausencia verdadera del
Astro Rey traería un sinfín de fenómenos que no permitirían que ningún planeta
tuviese tiempo de tomar conciencia de su obliteración. Aparte, recordó haber
leído años atrás que los científicos sabían con exactitud cuándo se agotaría la
energía del sol. Se intentaba convencer de la imposibilidad de aquel hecho: “un
desastre gravitacional, cuando mínimo, sin contar la debilitación de los campos
magnéticos de la Tierra, y también un cambio drástico en la temperatura, o la
capa de ozono… tampoco un repentino detenimiento de la rotación…”
Y sin
embargo, allí estaban él y su mundo, ahora sin Sol.
Se estrujó
los ojos un par de veces, y todo seguía igual. Desde hace varias horas, el sol
no estaba en el firmamento. Después de
toda una juventud atrayendo miradas desdeñosas por soñar con lo imposible, el
universo le demostraba que, en efecto, podían ocurrir cosas extraordinarias.
Parte de él, sin embargo, se encontraba vibrando de ansiedad, meditando, sin
pedirle permiso a su conciencia, sobre el hecho de que se encontraba a las
puertas del tan temido fin del mundo.
El pánico
de los vecinos le recordó que no estaba solo en esos momentos; ¿cómo iba a
estarlo? La humanidad entera, de cabo a rabo, estaba confundida, desesperada,
acaso aplastada por su propia pequeñez. Por alguna razón, prefirió quitarle el
MUTE al televisor que interactuar con los otros seres vivos. Percatándose de su
conducta asocial, su mente se justificó diciendo que seguramente acabaría más
confundido si cediese ante las múltiples angustias y especulaciones de la
gente. No era que el televisor fuese menos alarmista y potencialmente falso,
pero al menos podía creer que alguna de esas fuentes resultase fidedigna.
Clic
“… al profesor Rudolph Schumann, de la Universidad
de [inaudible, ininteligible], quien
nos viene a explicar lo que su equipo ha descubierto respecto al extraño fenómeno
que hoy nos afecta. Adelante, Dr. Schumann”
Un viejo
con acento germánico limpiaba sus espejuelos cuando la cámara lo cogió
desprevenido.
“Ah, sí,
señorrrita; bien, la cosa es intrrrigante como pocas. La komunidad zientífika
tiene varrrias teorrrías al respekto, perrro realmente estamos en el terrreno
de la espekulación. Porrr mi parrrte, kreo que no se trrrata prrrecisamente de
la extinción del Sol, una que calculábamos ocurrirrría en unos cientos de millonen de años. De haberrrlo sido,
apenas ocho minuten después de apagarse,
hubiesemos notado cambios. Klaro, es obvio que en cosa de un par de días, si
las konditionen se mantienen iguales,
komenzarrrá el deterrrioro progresivo de la vida en nuestrrra Tierra; sin
embarrrgo, kreo que hablo por toda la komunidad tcientífica y ¿por ké nein? humana, al decir que no sabemos lo
que…”
Y entonces
el canal televisivo mostró estática, anunciando que ya en partes del planeta se
había perdido la energía requerida para mantener funcionando estaciones de
radio y televisión. Acto seguido, se apagó el televisor. Afuera no había luces:
sólo subsistían aquellas alimentadas por las grandes plantas de la ciudad, que
alumbraban las vías públicas. Pudo ver cómo distintos tipos de iluminación se
encendían en las ventanas de los edificios cercanos: velas, fósforos, linternas,
lámparas de gas o neón. Las últimas luces del ser humano.
El miedo
era sólo uno de los ingredientes del coctel de emociones que le embriagaba, y
cuando intentaba discernir qué era exactamente lo que sentía, se dio cuenta de
que estaba sonriendo. Alguien le había dicho una vez que la mueca de la sonrisa
era una herencia de los primeros homínidos relacionada con el pánico y la
amenaza de un peligro; quizá eso justificaba la suya, pero al mismo tiempo
reconoció que había cierto entusiasmo, incluso una rara alegría, en poder vivir
aquellos inverosímiles instantes.
Todo era
demasiado absurdo para ser cierto, y sin embargo allí estaba, ocurriendo frente
a sus ojos. Se recordaba viéndose a sí
mismo interpretar una vida aburrida y sin sentido alguno más allá de las migajas
de tiempo que le daba la implacable rutina, y repentinamente se encontró
viviendo una mañana única, una mañana que no era mañana y que le recordaba a la
humanidad - quizá demasiado tarde, quizá como última lección - que aún había
sorpresas que esperar en un universo que creían haber cuadriculado lo
suficiente como para creerlo predecible.
¿Cómo podía
aquella profunda oscuridad traerle tanta claridad a su mente? No lo sabía, pero estaba
alcanzando un nivel de aceptación hacia la situación planetaria que le estremecía
incluso más que el propio y eventual fin del mundo. “Tu tranquilidad demuestra que
estás completamente loco” se dijo a sí mismo frente al espejo, mientras se
ponía algo para salir a la calle y ver cómo tomaba el mundo la ausencia del Sol
aquel día que era noche.
Si bien por
un lado no estaba ocurriendo lo que las leyes naturales decían que ocurriría en
tal situación, no podía confiarse. Después de todo, pensó, eso de que la
naturaleza tiene “leyes” (como tantas otras aseveraciones que pretenden personificar
lo infinito) se lo había inventado el ser humano al observar ciertos patrones desde
aquella irrelevante roca en la cual observaba al universo. Ante él y ante toda
la humanidad estaba la prueba de que los caprichos cósmicos sí ocurrían, y no
había indicio alguno de qué era exactamente lo que estaba ocurriendo o de su
porqué.
Pasó varias
horas negándose a pensar, comiendo y durmiendo, hasta que decidió salir a
caminar, y extrañamente encontró la ciudad más vacía de lo que hubiera
imaginado. Verdaderamente requería valor enfrentarse a la intemperie de aquella
mañana oscura, pero algún motor de tentación se encendió en su ser, quizá no
muy distinto al que se enciende cuando la muerte se aproxima.
Tenía frío:
como era esperado, la temperatura había descendido bruscamente. Viendo que los
refugios mentales de la civilización se iban desbaratando de a poco con aquel guiño
de la naturaleza, pensó que quizá la gente decidía acurrucarse allí donde las
cosas le eran cómodas, o tal vez habían huido buscando sobrevivir.
Anduvo por
una calle que, a pesar de haberla conocido por varios años, recorría con extrañeza y duda. El cielo no estaba nublado, pero no se podía ver más allá de una impenetrable
negrura. Jamás había visto nada como
aquello: un manto de la más pura oscuridad que pudiese haber visto jamás. Le
extrañó mucho la ausencia total de luna y estrellas: tal parecía que aquellos
astros también se escondían de la Tierra.
Mirando
hacia aquella noche diurna, recordó entonces a su padre, quien desde su
aparentemente rudimentaria forma de ver la vida siempre se mantuvo cerca de los
grandes asuntos de la existencia, manteniendo una serenidad casi ascética ante
las adversidades. No podía hablar con él ya, y aquel momento hubiese sido
perfecto para hacerlo.
Intentando
espantar la tristeza como más de una vez lo había hecho, casi siempre un
domingo, siguió avanzando por la calle como si de un paseo por el parque se
tratase. Pudo sentir las voces de varios de esos vecinos con los que no había
intercambiado más que saludos de fingida simpatía, y agradeció que en medio de
su estupor no advirtieran su presencia ni decidieran prolongar la hipocresía.
Caminó y caminó, hasta que se tumbó en donde pudo.
¿Cuánto
tiempo quedaría? No podía saberlo, pero era evidente que todo estaba por
terminar. Gran parte de su ser no acababa de asimilar lo que ocurría, y varias
veces se había sorprendido sacudiendo la cabeza, como cuando quiere despertar
uno de algún sueño o pesadilla. En medio de la oscuridad, podía sentir texturas
conocidas: el cemento, el asfalto, el chic-chic
de sus zapatos en medio de la humedad de una acera que quizá le daría asco si
pudiese verla. ¿Recordaba acaso el pasto?
Y allí
comenzó:
Ocho...
Cada vez
fueron menos las luces que se mantuvieron encendidas. Como luciérnagas que
morían, se apagaban las urbes, las colmenas de hombres que apenas un día atrás
se alzaban soberbias sobre la roca planetaria y la herían. Luego del último
suspiro de la electricidad sobre el planeta, la Tierra quedó ahogada en la penumbra.
Siete...
Pensó en su
tierra, ese país desgraciado al que había dejado de visitar por no sufrir al
ver su deterioro, y recordó que allí en el final de todas las cosas mucho bien
haría ver las montañas que guardaron su infancia. En cambio, todo terminaba
ante la indiferencia de una ciudad a la cual nunca comprendió.
Seis...
Los sonidos
se hicieron confusos, como si todo gritara pero a la vez todo callara. También
participaban las voces de su mente en aquel bullicio mudo que le aturdía.
Escuchó entre el griterío las voces de sus tíos, su hermana y su madre, tan
débil e infinitamente valiente. También escuchó tres acordes: mi menor, séptima
dominante de fa sostenido y un si menor que le puso final a su experiencia
sonora.
Cinco...
Podía
sentir la sangre corriendo por sus venas, y las pulsaciones que hacía ésta al
pasar por los recovecos de su oído interno. Sentía cómo se movía
incontrolablemente sin ver exactamente qué partes de su cuerpo movía, como si
de repente los nervios hubiesen perdido la conexión con el resto de su cuerpo e
insistiesen en gobernar su carapacho de carne y hueso.
Cuatro...
Siempre
había pensado que de existir alguna manera de viajar en el tiempo, ésta tendría
algo que ver con el olfato. En brevísimos instantes, sus pituitarias le
llevaron a todos los rincones, le mostraron todos los lugares y se despidieron
entre un perfume de nostalgias.
Tres...
Nunca
hubiese imaginado que serían sus papilas gustativas las que en el final de los
tiempos resistieran más que cualquier
otra de sus funciones. Un sabor a todos los metales del mundo parecía unirse al
de la jalea de mango de su niñez, al del ron de sus borracheras juveniles y al
del café del entierro de sus abuelos. ¿Recordaba acaso el sabor de un beso?
Dos...
¿Y Dios? Al
final, y como siempre, no había venido. ¿O sería esto obra de él? Tenía todas
las características de su estampa, la marca de una deidad tan omnipotentemente
tímida que jamás tuvo el valor de mostrarse ante su creación, pero sí de
castigarla. Lo cierto es que aunque hacía tiempo que había perdido toda
esperanza de Su existencia, parte de él aún insistía en la posibilidad de
encontrarse con alguien, o algo, que tuviese respuestas sobre el por qué de las
cosas.
Uno...
Dejó de
sentirse. Se convirtió en una consciencia vacía de sí mismo, en una botella agujereada
en un océano sombrío. Una corriente extraña le rodeaba y atravesaba. No pensaba
pero entendía, no hablaba pero escuchaba, no vivía pero era.
Cero...
La noche
cubrió al planeta, el cual durmió en apacible silencio por varias horas más,
como si nada hubiese sucedido.
A una
prudente distancia por encima de la estratósfera, un óvalo metálico flotaba
impasible. Sus tripulantes observaban la Tierra, y en su ininteligible y
telepática lengua se preguntaban si ya había pasado suficiente tiempo. Dos
figuras humanoides parecieron asentir simultáneamente, y presionando una
cantidad de dígitos en lo que parecía un tablero transparente lleno de un
líquido luminoso hicieron que a lo lejos se distinguiese un enorme cubo de
oscuridad que se iba abriendo poco a poco, dejando ver a la Tierra surgir de
aquel huevo oscuro que le había encerrado brevemente.
Aquel nuevo
amanecer era como todos y como ninguno a la vez: la luz de nuevo se sintió en
cada rincón del globo terráqueo que volteaba hacia él. La selva, el océano, las
montañas y el desierto sintieron de nuevo el calor que por un día entero habían
perdido.
El canto de
las aves empezó a escucharse, y el despertar de la fauna terrestre cantó
también al renacido astro luminoso. Sonrieron delfines y gorilas, jaguares,
ardillas, jirafas, cangrejos, caracoles y morsas. También lo vegetal celebró la llegada de la luz: la selva, el bosque y el manglar se estremecieron ante la calidez de la luz. Toda la naturaleza parecía reanimada con aquella mañana verdadera, con el día que fue día.
Pero faltaba en aquel ecosistema una figura, pues ningún hombre pudo ver aquel amanecer. Los rayos del sol recorrían al planeta sin tocar ojo humano alguno, y tal era que aquel arrogante simio ya no se erguía sobre el planeta. Ni un humano se vió más, aunque aún quedaba su legado: un incalculable botín de escombros y podredumbre, de radioactividad y polución, pero ya ningún homo sapiens que pudiese incrementarlo. Con el paso del tiempo, la naturaleza reclamaría de nuevo lo que siempre fue suyo.
Pero faltaba en aquel ecosistema una figura, pues ningún hombre pudo ver aquel amanecer. Los rayos del sol recorrían al planeta sin tocar ojo humano alguno, y tal era que aquel arrogante simio ya no se erguía sobre el planeta. Ni un humano se vió más, aunque aún quedaba su legado: un incalculable botín de escombros y podredumbre, de radioactividad y polución, pero ya ningún homo sapiens que pudiese incrementarlo. Con el paso del tiempo, la naturaleza reclamaría de nuevo lo que siempre fue suyo.
En el óvalo
alienígena que aún se posaba a prudente distancia de la Tierra, los tripulantes
hacían las últimas anotaciones en lo que parecía un detallado reporte
holográfico de los últimos acontecimientos. La incomprensible simbología
relataba los eventos de las últimas horas, y de cómo mediante una drástica estrategia
de limpieza cósmica se tuvo que encerrar al planeta en una jaula de antimateria
para poder efectuar una delicadísima extracción de la especie que era
galácticamente reconocida como una potencial y letal plaga: la humanidad.
Desde
entonces, el único rastro de la especie humana quedó en las muestras tomadas
por aquellos entes galácticos antes de la obliteración total. Mucho se
cuidarían de que aquel tóxico espécimen quedase contenido en los recipientes en
donde había sido confinado. Teniendo en sus rostros lo que para ellos era una
mueca de felicidad, los alienígenas se vieron y se tocaron lo que podría
describirse como sus manos. Antes de desaparecer en el infinito, escribieron en
su insondable idioma las últimas palabras de su reporte:
"ERROR CORREGIDO. ÁREA DESINFECTADA".
jueves, 5 de diciembre de 2013
A mi colegio
Ya van casi doce años
desde que yo me gradué,
de un colegio inolvidable
llamado Juan XXIII.
llamado Juan XXIII.
En sus aulas y pasillos
aprendí lo que hoy digo que sé.
De sus maestros y alumnos
mi alma y mente alimenté.
En sus pupitres y mesas
se forjaron amistades
que a pesar de tempestades
hoy sobreviven ilesas.
En niñez y juventud
no se comprende realmente
cuánta excelencia y virtud
cultiva el Juan en la mente.
Y luego al pasar de los años
empieza uno a valorar
las tareas, pruebas ¡y regaños!
que tuvimos que enfrentar.
Formando fuertes valores
de familia, ética y genio,
en el Juan todo se educa:
cuerpo, corazón e ingenio.
Quizá hoy nos creamos grandes
y no pensemos mucho en él,
pero el Juan nos necesita
pues sufre un maltrato cruel.
Son oscuras estas horas
donde el odio es quien gobierna,
y parece muy lejana
una época más tierna.
Con argucias burocráticas
pretenden destituir
a quienes dando su vida
al Juan han hecho existir.
En riesgo está el porvenir
de centenas de estudiantes
que, como nosotros antes,
del Juan anhelan surgir.
Se equivoca el enemigo
si cree que este atropello
acabará con el Juan,
templo bondadoso y bello.
Y aunque se lo lleven todo:
las paredes, el lugar,
jamás robarán lo que vale,
lo que hace al Juan brillar.
Porque, queridos amigos,
el Juan no es pasillo o salón:
el Juan es filosofía
sembrada en el corazón.
sábado, 16 de noviembre de 2013
Protopaís: meditaciones sobre una nación en gestación
Una de las cosas que más ha de dolernos a quienes aún no renegamos ni nos avergonzamos de nuestro país de origen es saber que, en casi todo ámbito, tal país ya no existe. Comprender esto me tomó al menos diez años, y aceptarlo quizá me tome varias décadas más, y es que abrirse ante tal idea puede revelar un abismo de frustraciones tan profundo que termina uno comprendiendo a quien decide no pensar en el asunto, se pone una gorrita de Capriles y repite la frasecita: "el tiempo de Dios es perfecto".
Históricamente, el venezolano - como latinoamericano que es - ha sido una encrucijada de culturas que por azares y azoros han terminado encallando en nuestras costas. En sus historias fabuladas, Herrera Luque dijo que "somos como la hallaca, encrucijada de cien historias distintas: el guiso hispánico, la masa aborigen, la mano esclava, el azúcar del Índigo, la aceituna de Judea..." y aproximándonos a Diciembre, mes que exacerba mis nostalgias por el país que ya no es más que ningún otro, vale la pena tomar la metáfora y analizarla un poco más a fondo para intentar entender lo que nos sucede.
Aunque no sepa mucho de artes culinarias, creo que no exagero al afirmar que la hallaca es la comida más delicada de preparar del menú criollo, y con más riesgos de ser un completo fiasco si no se ejecutan los procesos de la receta correctamente. ¿Alguna vez han probado, por ejemplo, una hallaca hecha con hojas malas? Es algo repugnante. ¿Una masa mal hecha? Un asco. ¿Qué podemos decir del guiso? Si los aliños que en él se cuecen estuviesen podridos, ¿cómo creen que resultaría el sabor? Entonces, al considerar que cada uno de los ciudadanos de Venezuela es parte de estos ingredientes, cabría preguntarnos cuál será el producto final de esta cocción: ¿será un manjar o un suplicio para nuestro paladar? Para el momento en el cual escribo esto, la respuesta es clara y nada apetecible.
Alejándonos ya de la cocina, he pasado mucho tiempo - quizá demasiado - meditando sobre las tribulaciones de nuestra nación. ¡Vaya tema ligerito! En fin... más allá de los necios lugares comunes que declaran que "el venezolano es naturalmente flojo" o "aquí lo que quieren es que el gobierno les dé todo", creo que hay diversos elementos que deben analizarse con profundidad y, sobre todo, con imparcialidad para entender nuestra situación.
No me da vergüenza decir que soy venezolano. Tampoco siento un orgullo efervescente ante la bandera ni cualquiera de sus símbolos, pero estoy abiertamente opuesto a los complejos de inferioridad y las expresiones facilistas, la indignación de quien simplemente quiere "ser de otro lado" y la actitud, siempre digna de mi más profundo soslayo, de quien se lo cree. Sí, soy venezolano; sí, mi país es una tierra que está sufriendo, llena de caos, desencantos y miserias, pero es de donde soy, y punto. El día que me vean diciendo "Venezuela es una mierda" será el día que esté dispuesto a decir que toda mi familia, mis amigos, mis maestros y personas admiradas son una mierda, y no pienso hacer tal cosa.
Total, que entre las causas de las dolencias nacionales hay un elemento en particular con el cual más he jugueteado últimamente, y aunque inicialmente puede parecer de resignación (y quizá parte de él lo sea), es también un pensamiento de aceptación ante el hecho de que las naciones, antes y después de serlo, se reinician múltiples veces a lo largo de su proceso de maduración, y a estas explosiones - y con frecuencia implosiones - debe vérseles como parte imprescindible de su desarrollo e historia.
Desafortunadamente, no presento (ni pretendo presentar) mucho consuelo para quienes nos ha tocado vivir en tales tiempos, para los individuos que añoramos un país que ya no existe y quienes sufrimos en múltiples maneras por él. Aquí debo corregir mi propia expresión y decir que más que añorar un país que no existe, añoramos un estado intermedio de lo que algún día podría ser un país. Cabrujas señalaba que "somos un país en gestación", y que "Venezuela no se ha inaugurado". Su reflexión podrá parecer absurda en principio, sobre todo para todo el que considere que para que una nación exista basta con tener un escudo de armas, un par de próceres y un himno. Entonces, me temo que el lugar que añoramos es más bien un Protopaís.
Contemos con este ejemplo: el continente americano tiene 521 años de descubierto por el osado genovés, y podría decirse que Venezuela tiene 446 años, si tomamos la fundación de Caracas como punto de partida, aunque como república apenas y llega a los 200. Para el momento en que Colón emprende su primer viaje, culminaba en España el proceso de la Reconquista, una era de casi ocho siglos en la cual la cultura árabe y la goda se batieron en constante duelo por el dominio de la Península Ibérica, terminando con la toma de Granada y el triunfo de los Reyes Católicos.
Lo anterior lo considero de mucha relevancia, pues me ofrece una lección importante de perspectiva: ni siquiera contando desde el primer momento en que se supo de la existencia de este rincón del Caribe que luego llamarían "Venezuela" hasta la actualidad, se dispone de una cantidad de tiempo significativa para la formación de una cultura nacional comparable a la de los pueblos ingenieros de este aparato que llamamos "civilización occidental".
Si se dispone uno a estudiar, por ejemplo, la historia de España, es imprescindible remontarnos a tiempos en los cuales ni siquiera el César se había aventurado a tierras ibéricas. Los ocho siglos de la Reconquista y el dominio árabe no son más que una etapa - importante, pero etapa al fin - de lo que hoy conocemos como España, el pueblo y la nación caracterizados por su flamenco, sus paellas, su fútbol, y su crisis económica actual. Nuestra lengua - como todas las lenguas - y nuestra cultura - como todas las culturas - obtiene su aparente uniformidad por haberse cocido con las llamas del conflicto y la barbarie. Tal parece que sólo así saben cocinarse las sociedades humanas.
Las tan admiradas naciones nórdicas, hoy ejemplo de educación y progreso, fueron alguna vez los saqueadores más temibles y violentos del continente europeo. La gran mayoría de las naciones, para llegar a donde están hoy, tuvieron que pasar por una época de barbaries inimaginables. ¿Qué era de los pueblos europeos durante el oscurantismo? ¿Cuánto horror vio Francia durante su revolución, matriz que nutrió gran parte del pensamiento actual? La historia de los pueblos eslavos cuenta barbaridades insondables para nuestros tiempos, y si queremos un ejemplo más reciente y cercano, les aconsejo revisar los dolores de la caída del imperio español.
Sin pretender ofrecer una excusa a las miserias que hoy vive Venezuela y Latinoamérica, ¿no somos un poco ilusos e injustos al pretender exigirle a una región que "apenas" lleva quinientos años de descubierta, y sus naciones acaso doscientos de fundadas, que se comporte a la par de pueblos que contienen en ellos tradiciones milenarias? ¡Miren nada más cuántos estragos causó a la humanidad un pueblo como el alemán, y esto en pleno siglo XX! ¿Qué queda para las regiones cuya historia original fue sepultada con crucifijos y arcabuces? Mi abuela murió de noventa años, y si la república de Venezuela existe desde hace doscientos, cabría decir que casi en el curso de dos vidas como la de ella se puede medir la edad de nuestra nación. ¿Qué sugiere esto? Pues que no hay que estar muy cerca de nuestra bandera para darse cuenta de que todavía huele a la pólvora del siglo XIX y que este guiso no se ha cocinado aún.
Los pueblos latinoamericanos apenas gatean, y lo hacen sobre los escombros que les han dejado por herencia. Es cierto, vivimos en otra época, gozamos de un "progreso" que técnicamente debería hacernos mejores que los pueblos de la antigüedad, ¿cierto? Pero no se puede olvidar cómo nos llegó ese tal progreso, cómo se planteó el esquema de lo que era Latinoamérica después de liberarse del yugo español, vientre que engendró muchos de los vicios de nuestra idiosincrasia. ¿Cómo pueden estas naciones que apenas se entienden a sí mismas tener una cohesión sociocultural lo suficientemente fuerte como para hablar de "nación", mucho menos de "país"? Los términos "Protopaís" y "Protonación" me los he inventado, pero me han servido para canalizar mis propias frustraciones sobre Venezuela y nosotros los venezolanos.
Es doloroso asumirlo, pero no hay suficientes valses de Antonio Lauro como para compararlos con los muertos que ingresan a Bello Monte en cualquier mes del año, ni suficientes cuentos de Uslar Pietri para contraponerse a los insultos del gobierno a sus oponentes. No hay suficientes versos de Nazoa ni novelas de Gallegos para darle contrapeso a los ranchos donde viven muchos venezolanos, pero es la realidad que nos ha tocado vivir, y tal es el comportamiento de los protopaíses, capaces como la humanidad misma de producir lo sublime y lo terrible. Me esperanza pensar que los textos del futuro hablarán de nuestra época como hablan los ingleses de las invasiones normandas que lideró Guillermo el Conquistador: tiempos primitivos y lejanos, terribles y oscuros para quienes les tocó vivirlos, pero esenciales para la formación y desarrollo de una cultura nacional.
En medio de la desesperanza, lo único que me reconforta es eso: que los tiempos actuales son los pataleos y berrinches de un pueblo que aún no termina de gestarse. Solamente externalizándome un poco de la situación y asumiendo con fortaleza que todo pueblo, hasta el más civilizado, pasó por tiempos de barbarie, es que puedo ver la situación actual sin desespero. Eso sí, que la actitud anterior no nos inhiba de analizar y buscarle soluciones a un problema para muchos imposible de resolver; al contrario, esta visión representa, al menos para mí, una manera de creer en que Venezuela sí tiene solución.
Quienes me conocen saben cuánto repudio la autoayuda demagoga y las frases de autoayuda que considero atrapabobos, pero sí me atrevo a decir que aún queda esperanza, pues el solo hecho de que extrañemos algo, por ínfimo que sea, de ese Protopaís, quiere decir que algo quedará entre las cenizas en que nos conviertan nuestros tiempos. Confío, quizá siendo el más iluso, que algún día esto que llamamos Venezuela, si es que se llega a llamar así entonces, despertará después de haberse batido en duelo consigo misma, y encontrará lecciones luego de tanta miseria humana. La dialéctica quema, pero cocina. ¿Veremos nosotros el resultado de nuestros tiempos? No sé, y no lo creo, pero esto no nos exime de hacer lo que podamos en este momento.
¿Qué hacemos entretanto los ciudadanos del Protopaís, tanto los que estamos lejos de él como los que siguen allí, sintiéndonos despojados de todo lo que conocíamos y viendo desaparecer lo que conocemos? Entre otras cosas, considero fundamental recordar, preservar y rescatar todo lo que nos sea posible. Recordar. Que estos tiempos no borren las imágenes de lo bueno que hayamos tenido y de lo que queremos que tenga esa Venezuela que, esperemos, se inaugurará algún día. No perdamos jamás nuestra capacidad de indignarnos, de protestar y luego de analizar fríamente y sin pasiones nuestra historia y nuestro pasado. Leamos nuestra historia, aprendamos de la historia de nuestros países vecinos. Evitemos la conclusión insultante, despectiva y sanguínea, de "Venezuela es una mierda" o similares inmadureces, y busquemos que este análisis nos lleve a entendernos un poco mejor. Interiorizar, analizar y reflexionar elaboradamente es fundamental en estos tiempos para esta sociedad tan acostumbrada a la gritería, el insulto y el bochinche.
Hay que tenerlo claro: de ésta no se sale fácilmente, y si alguien se los plantea de esa manera, confíen en que o se trata de un farsante o de un encantador de serpientes que al final quiere prolongar esa cultura de facilismo y falta de acción que por muchos siglos nos ha caracterizado. De esta no nos saca ni el petróleo, ni el cacao, ni el uranio enriquecido; de hecho, en este momento nuestras riquezas juegan en nuestro contra. Hay que volverse hacia un capital que hace tiempo, deslumbrados por los taladros y dividendos inflamables como el combustible, dejamos de explotar: el capital humano. Tenemos una sociedad infectada por odios y resentimientos, y no vayan a creer que me refiero únicamente al lado del gobierno. Las sacudidas del tiempo que vivimos han creado a un venezolano que se encarama en el taburete de su idiosincrasia violenta y retrechera para pelear y no discutir, para pelearse y no buscar acuerdos, para desear la derrota del otro más que la reconciliación.
Venezuela vive un Medioevo con internet, un oscurantismo con iPads, una barbarie que se transmite en cadena de radio y televisión, y tiene que recordar que a la Historia, maestra admirable pero increíblemente severa, no le importa dejarnos en esta situación cuanto tiempo sea necesario hasta que aprendamos la lección. Rechacemos los simplismos, la facilidad del insulto, los engaños de la burla. Mentalicémonos de una vez: no somos especiales, no nos merecemos nada por lo cual no luchemos ni estamos pasando por nada que otros pueblos no hayan ya atravesado y superado. Admitamos que lo que nos pasa como nación es simplemente la consecuencia de una cadena de acciones que cual dominós puestos en fila se ha ido derribando ante nuestros ojos, siendo los últimos quince años su caída más vertiginosa. Decidamos pensar constantemente en Venezuela, en qué fue, qué es y qué queremos que sea. Sin constante meditación sobre estos temas, toda aparente solución será efímera.
La problemática del Protopaís consiste en que ese proceso de creación y destrucción puede continuar indefinidamente, a pesar de las nostalgias y sufrimientos de quienes tengan que vivirlo; al mismo tiempo, el Protopaís tiene la facultad de que puede ser cambiado, aunque, pretender cambios instantáneos es una de las formas más sencillas de quedar condenados a este doloroso estado.
Masa difusa de infortunios y encantos, el Protopaís nos azota y acaricia, alejando a algunos con sus latigazos de miseria y a otros nos sigue seduciendo con espejismos que se desvanecen al acercarse uno a ellos.
La historia continúa, y nosotros sólo podemos asumirnos parte de ella...

Históricamente, el venezolano - como latinoamericano que es - ha sido una encrucijada de culturas que por azares y azoros han terminado encallando en nuestras costas. En sus historias fabuladas, Herrera Luque dijo que "somos como la hallaca, encrucijada de cien historias distintas: el guiso hispánico, la masa aborigen, la mano esclava, el azúcar del Índigo, la aceituna de Judea..." y aproximándonos a Diciembre, mes que exacerba mis nostalgias por el país que ya no es más que ningún otro, vale la pena tomar la metáfora y analizarla un poco más a fondo para intentar entender lo que nos sucede.
Aunque no sepa mucho de artes culinarias, creo que no exagero al afirmar que la hallaca es la comida más delicada de preparar del menú criollo, y con más riesgos de ser un completo fiasco si no se ejecutan los procesos de la receta correctamente. ¿Alguna vez han probado, por ejemplo, una hallaca hecha con hojas malas? Es algo repugnante. ¿Una masa mal hecha? Un asco. ¿Qué podemos decir del guiso? Si los aliños que en él se cuecen estuviesen podridos, ¿cómo creen que resultaría el sabor? Entonces, al considerar que cada uno de los ciudadanos de Venezuela es parte de estos ingredientes, cabría preguntarnos cuál será el producto final de esta cocción: ¿será un manjar o un suplicio para nuestro paladar? Para el momento en el cual escribo esto, la respuesta es clara y nada apetecible.
Alejándonos ya de la cocina, he pasado mucho tiempo - quizá demasiado - meditando sobre las tribulaciones de nuestra nación. ¡Vaya tema ligerito! En fin... más allá de los necios lugares comunes que declaran que "el venezolano es naturalmente flojo" o "aquí lo que quieren es que el gobierno les dé todo", creo que hay diversos elementos que deben analizarse con profundidad y, sobre todo, con imparcialidad para entender nuestra situación.
No me da vergüenza decir que soy venezolano. Tampoco siento un orgullo efervescente ante la bandera ni cualquiera de sus símbolos, pero estoy abiertamente opuesto a los complejos de inferioridad y las expresiones facilistas, la indignación de quien simplemente quiere "ser de otro lado" y la actitud, siempre digna de mi más profundo soslayo, de quien se lo cree. Sí, soy venezolano; sí, mi país es una tierra que está sufriendo, llena de caos, desencantos y miserias, pero es de donde soy, y punto. El día que me vean diciendo "Venezuela es una mierda" será el día que esté dispuesto a decir que toda mi familia, mis amigos, mis maestros y personas admiradas son una mierda, y no pienso hacer tal cosa.
Total, que entre las causas de las dolencias nacionales hay un elemento en particular con el cual más he jugueteado últimamente, y aunque inicialmente puede parecer de resignación (y quizá parte de él lo sea), es también un pensamiento de aceptación ante el hecho de que las naciones, antes y después de serlo, se reinician múltiples veces a lo largo de su proceso de maduración, y a estas explosiones - y con frecuencia implosiones - debe vérseles como parte imprescindible de su desarrollo e historia.
Desafortunadamente, no presento (ni pretendo presentar) mucho consuelo para quienes nos ha tocado vivir en tales tiempos, para los individuos que añoramos un país que ya no existe y quienes sufrimos en múltiples maneras por él. Aquí debo corregir mi propia expresión y decir que más que añorar un país que no existe, añoramos un estado intermedio de lo que algún día podría ser un país. Cabrujas señalaba que "somos un país en gestación", y que "Venezuela no se ha inaugurado". Su reflexión podrá parecer absurda en principio, sobre todo para todo el que considere que para que una nación exista basta con tener un escudo de armas, un par de próceres y un himno. Entonces, me temo que el lugar que añoramos es más bien un Protopaís.
Contemos con este ejemplo: el continente americano tiene 521 años de descubierto por el osado genovés, y podría decirse que Venezuela tiene 446 años, si tomamos la fundación de Caracas como punto de partida, aunque como república apenas y llega a los 200. Para el momento en que Colón emprende su primer viaje, culminaba en España el proceso de la Reconquista, una era de casi ocho siglos en la cual la cultura árabe y la goda se batieron en constante duelo por el dominio de la Península Ibérica, terminando con la toma de Granada y el triunfo de los Reyes Católicos.
Lo anterior lo considero de mucha relevancia, pues me ofrece una lección importante de perspectiva: ni siquiera contando desde el primer momento en que se supo de la existencia de este rincón del Caribe que luego llamarían "Venezuela" hasta la actualidad, se dispone de una cantidad de tiempo significativa para la formación de una cultura nacional comparable a la de los pueblos ingenieros de este aparato que llamamos "civilización occidental".
Si se dispone uno a estudiar, por ejemplo, la historia de España, es imprescindible remontarnos a tiempos en los cuales ni siquiera el César se había aventurado a tierras ibéricas. Los ocho siglos de la Reconquista y el dominio árabe no son más que una etapa - importante, pero etapa al fin - de lo que hoy conocemos como España, el pueblo y la nación caracterizados por su flamenco, sus paellas, su fútbol, y su crisis económica actual. Nuestra lengua - como todas las lenguas - y nuestra cultura - como todas las culturas - obtiene su aparente uniformidad por haberse cocido con las llamas del conflicto y la barbarie. Tal parece que sólo así saben cocinarse las sociedades humanas.
Las tan admiradas naciones nórdicas, hoy ejemplo de educación y progreso, fueron alguna vez los saqueadores más temibles y violentos del continente europeo. La gran mayoría de las naciones, para llegar a donde están hoy, tuvieron que pasar por una época de barbaries inimaginables. ¿Qué era de los pueblos europeos durante el oscurantismo? ¿Cuánto horror vio Francia durante su revolución, matriz que nutrió gran parte del pensamiento actual? La historia de los pueblos eslavos cuenta barbaridades insondables para nuestros tiempos, y si queremos un ejemplo más reciente y cercano, les aconsejo revisar los dolores de la caída del imperio español.
Sin pretender ofrecer una excusa a las miserias que hoy vive Venezuela y Latinoamérica, ¿no somos un poco ilusos e injustos al pretender exigirle a una región que "apenas" lleva quinientos años de descubierta, y sus naciones acaso doscientos de fundadas, que se comporte a la par de pueblos que contienen en ellos tradiciones milenarias? ¡Miren nada más cuántos estragos causó a la humanidad un pueblo como el alemán, y esto en pleno siglo XX! ¿Qué queda para las regiones cuya historia original fue sepultada con crucifijos y arcabuces? Mi abuela murió de noventa años, y si la república de Venezuela existe desde hace doscientos, cabría decir que casi en el curso de dos vidas como la de ella se puede medir la edad de nuestra nación. ¿Qué sugiere esto? Pues que no hay que estar muy cerca de nuestra bandera para darse cuenta de que todavía huele a la pólvora del siglo XIX y que este guiso no se ha cocinado aún.
Los pueblos latinoamericanos apenas gatean, y lo hacen sobre los escombros que les han dejado por herencia. Es cierto, vivimos en otra época, gozamos de un "progreso" que técnicamente debería hacernos mejores que los pueblos de la antigüedad, ¿cierto? Pero no se puede olvidar cómo nos llegó ese tal progreso, cómo se planteó el esquema de lo que era Latinoamérica después de liberarse del yugo español, vientre que engendró muchos de los vicios de nuestra idiosincrasia. ¿Cómo pueden estas naciones que apenas se entienden a sí mismas tener una cohesión sociocultural lo suficientemente fuerte como para hablar de "nación", mucho menos de "país"? Los términos "Protopaís" y "Protonación" me los he inventado, pero me han servido para canalizar mis propias frustraciones sobre Venezuela y nosotros los venezolanos.
Es doloroso asumirlo, pero no hay suficientes valses de Antonio Lauro como para compararlos con los muertos que ingresan a Bello Monte en cualquier mes del año, ni suficientes cuentos de Uslar Pietri para contraponerse a los insultos del gobierno a sus oponentes. No hay suficientes versos de Nazoa ni novelas de Gallegos para darle contrapeso a los ranchos donde viven muchos venezolanos, pero es la realidad que nos ha tocado vivir, y tal es el comportamiento de los protopaíses, capaces como la humanidad misma de producir lo sublime y lo terrible. Me esperanza pensar que los textos del futuro hablarán de nuestra época como hablan los ingleses de las invasiones normandas que lideró Guillermo el Conquistador: tiempos primitivos y lejanos, terribles y oscuros para quienes les tocó vivirlos, pero esenciales para la formación y desarrollo de una cultura nacional.
En medio de la desesperanza, lo único que me reconforta es eso: que los tiempos actuales son los pataleos y berrinches de un pueblo que aún no termina de gestarse. Solamente externalizándome un poco de la situación y asumiendo con fortaleza que todo pueblo, hasta el más civilizado, pasó por tiempos de barbarie, es que puedo ver la situación actual sin desespero. Eso sí, que la actitud anterior no nos inhiba de analizar y buscarle soluciones a un problema para muchos imposible de resolver; al contrario, esta visión representa, al menos para mí, una manera de creer en que Venezuela sí tiene solución.
Quienes me conocen saben cuánto repudio la autoayuda demagoga y las frases de autoayuda que considero atrapabobos, pero sí me atrevo a decir que aún queda esperanza, pues el solo hecho de que extrañemos algo, por ínfimo que sea, de ese Protopaís, quiere decir que algo quedará entre las cenizas en que nos conviertan nuestros tiempos. Confío, quizá siendo el más iluso, que algún día esto que llamamos Venezuela, si es que se llega a llamar así entonces, despertará después de haberse batido en duelo consigo misma, y encontrará lecciones luego de tanta miseria humana. La dialéctica quema, pero cocina. ¿Veremos nosotros el resultado de nuestros tiempos? No sé, y no lo creo, pero esto no nos exime de hacer lo que podamos en este momento.
¿Qué hacemos entretanto los ciudadanos del Protopaís, tanto los que estamos lejos de él como los que siguen allí, sintiéndonos despojados de todo lo que conocíamos y viendo desaparecer lo que conocemos? Entre otras cosas, considero fundamental recordar, preservar y rescatar todo lo que nos sea posible. Recordar. Que estos tiempos no borren las imágenes de lo bueno que hayamos tenido y de lo que queremos que tenga esa Venezuela que, esperemos, se inaugurará algún día. No perdamos jamás nuestra capacidad de indignarnos, de protestar y luego de analizar fríamente y sin pasiones nuestra historia y nuestro pasado. Leamos nuestra historia, aprendamos de la historia de nuestros países vecinos. Evitemos la conclusión insultante, despectiva y sanguínea, de "Venezuela es una mierda" o similares inmadureces, y busquemos que este análisis nos lleve a entendernos un poco mejor. Interiorizar, analizar y reflexionar elaboradamente es fundamental en estos tiempos para esta sociedad tan acostumbrada a la gritería, el insulto y el bochinche.
Hay que tenerlo claro: de ésta no se sale fácilmente, y si alguien se los plantea de esa manera, confíen en que o se trata de un farsante o de un encantador de serpientes que al final quiere prolongar esa cultura de facilismo y falta de acción que por muchos siglos nos ha caracterizado. De esta no nos saca ni el petróleo, ni el cacao, ni el uranio enriquecido; de hecho, en este momento nuestras riquezas juegan en nuestro contra. Hay que volverse hacia un capital que hace tiempo, deslumbrados por los taladros y dividendos inflamables como el combustible, dejamos de explotar: el capital humano. Tenemos una sociedad infectada por odios y resentimientos, y no vayan a creer que me refiero únicamente al lado del gobierno. Las sacudidas del tiempo que vivimos han creado a un venezolano que se encarama en el taburete de su idiosincrasia violenta y retrechera para pelear y no discutir, para pelearse y no buscar acuerdos, para desear la derrota del otro más que la reconciliación.
Venezuela vive un Medioevo con internet, un oscurantismo con iPads, una barbarie que se transmite en cadena de radio y televisión, y tiene que recordar que a la Historia, maestra admirable pero increíblemente severa, no le importa dejarnos en esta situación cuanto tiempo sea necesario hasta que aprendamos la lección. Rechacemos los simplismos, la facilidad del insulto, los engaños de la burla. Mentalicémonos de una vez: no somos especiales, no nos merecemos nada por lo cual no luchemos ni estamos pasando por nada que otros pueblos no hayan ya atravesado y superado. Admitamos que lo que nos pasa como nación es simplemente la consecuencia de una cadena de acciones que cual dominós puestos en fila se ha ido derribando ante nuestros ojos, siendo los últimos quince años su caída más vertiginosa. Decidamos pensar constantemente en Venezuela, en qué fue, qué es y qué queremos que sea. Sin constante meditación sobre estos temas, toda aparente solución será efímera.
La problemática del Protopaís consiste en que ese proceso de creación y destrucción puede continuar indefinidamente, a pesar de las nostalgias y sufrimientos de quienes tengan que vivirlo; al mismo tiempo, el Protopaís tiene la facultad de que puede ser cambiado, aunque, pretender cambios instantáneos es una de las formas más sencillas de quedar condenados a este doloroso estado.
Masa difusa de infortunios y encantos, el Protopaís nos azota y acaricia, alejando a algunos con sus latigazos de miseria y a otros nos sigue seduciendo con espejismos que se desvanecen al acercarse uno a ellos.
La historia continúa, y nosotros sólo podemos asumirnos parte de ella...
Florida, 11 de Noviembre del 2013.

domingo, 3 de noviembre de 2013
El exilio tricolor
Sin pensarlo demasiado
o sin poderlo pensar,
el actual venezolano
se ve obligado a emigrar.
La ciudad es un infierno,
el campo una soledad.
Ya no se haya en Venezuela
ni paz ni tranquilidad.
Criminales y corruptos
se llevaron al país
despojándolo de todo:
petróleo, plata y maíz.
Escondido en la Florida,
en Barcelona o Canberra,
busca empezar nueva vida
el venezolano sin tierra.
Aventurándose en sitios
de lengua extraña y ajena,
de despedidas y exilios
nuestra bandera se llena.
¿Pero en qué piensa este
tipo
que al país ha abandonado?
¿Qué pasa por su cabeza?
¿Se siente reconfortado?
La pregunta es delicada,
pues cada cabeza es un mundo,
y aunque no tenga respuesta
merece estudio profundo.
Soñando oportunidades
y persiguiendo un futuro,
soporta calamidades
para sentirse seguro.
Jurungando en su historial
busca extranjeros parientes
para, quizá, tener suerte
y a otro país emigrar.
Las distancias son el himno
de esta Venezuela nueva,
para quien se va o se queda
pues sufren todos lo mismo.
Hay quienes no sienten nada,
también quien sintió y ya
no,
por la nación desgraciada
a la cual atrás dejó.
Algunos se expresan con ira
jurando nunca volver
a ese tierra tan dolida
que una vez los vio nacer.
También hay quien sufre
tanto
estando lejos de todo,
que en su nostálgico modo
termina rompiendo en llanto.
¿Y qué decir de quienes
siguen
en el desastre atrapados?
Tristes figuras que ruegan
que vuelvan sus allegados.
Aquellos viejos ensueños
de la gloria tricolor
hoy ya nadie se los cree,
con tanto espanto y horror.
Al dolor de buena parte
de nuestra pobre nación,
lo convirtieron en odio,
una tal revolución.
De Libertad ya no hay nada:
sólo es una estatua vieja,
oxidada y maltratada,
una triste palabreja.
No sé ni cómo ni cuando
tampoco quién o por qué,
lo cierto es, mis amigos,
que nuestro país se nos fue.
martes, 1 de octubre de 2013
Los 22 de Alexandra:
En un día
como hoy,
la
bondadosa cigüeña
me dio una
linda hermanita,
muy bonita
y muy risueña.
Dos décadas
y dos años
han pasado
velozmente,
y ya mi
hermana Alexandra
ya no es
una adolescente.
Callada y
observadora,
de risa pura
y ligera.
Más que una
hermana, una amiga
con quien
cuento dondequiera.
Es mujer
hecha y derecha,
con gran
carácter y temple,
¡y ay de
cuando se arrecha,
pues hace
que la tierra tiemble!
Con ansias
siempre ha esperado
su
cumpleaños festejar,
pudiendo
los invitados
comer,
cantar y bailar.
Me siento
yo como viejo
viendo a mi
hermana crecer,
pero mejor
no me quejo,
pues es
también un placer.
Hoy son
veintidós años,
¡quién sabe
cuántos mañana!
pero no
quiero dejar
de
celebrarte, mi hermana.
Que cada
año de tu vida
te traiga
satisfacciones,
y todo lo
que merecen
tus dedicadas
acciones.
Te regalo hoy
estos versos
que quizá valgan
muy poco,
pa'que en
tus rumbos diversos
te acuerdes
de tu hermano, el loco.
Ya se me enredan
las letras,
casi cometo
un desliz,
así que
cierro deseándote
¡un
cumpleaños feliz!
Te quiero
siempre,
JV
domingo, 15 de septiembre de 2013
¿Qué jeque es éste?
El jeque se mece, se mece.
¿qué le ennegrece el temple?
¿El ser, perennemente endeble?
De repente, se le ve demente.
El jeque envejece, teme perecer:
se teme que enferme.
De vez en vez, se ve repelente,
teme que se le mezclen gérmenes.
Es el tercer mes: el jeque bebe té.
De vez en vez, sed es de jerez,
ese jerez que merece
que se fermente levemente.
En sede, el jeque vende reses, peces.
Es menester que se generen cheques.
El jeque es gerente: emprende.
¡Prevé que se llene el tenderete!
El jeque lee, ¡es ser de mente!.
Entre lentes, ve membretes
que le enternecen el ser.
Releer es querer entender.
El jeque es ser de gente, de plebe.
Es deferente ¡celébrenle, bésenle!
Entender deben que el rebelde perece:
Herejes bereberes "¡que se despellejen!"
Entre reyes, el jeque es presente:
merece que le veneren.
Se le ve detener mequetrefes:
"El que pelee, ¡que cese!"
El jeque ve el verde césped:
tenderse en él le es excelente.
Ese edén le embelese,
¡entretente, jeque, entretente!
Entre mecerse, mecerse,
el vejete jeque perece.
El Ser Celeste, ¿le ve?
En Él debe tener fe.
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