domingo, 6 de enero de 2013

"Escenas Latinoamericanas: Venezuela" - José Martí

Escrito hace más de un siglo, y Uds. me dirán cuánto hay aún de este venezolano que retrató Martí. El que tenga ojos, que lea:


Para ir a Caracas, la capital de la República, la Jerusalén de los sudamericanos, la cuna del continente libre, donde Andrés Bello, un Virgilio, estudió, donde Bolívar, un Júpiter, nació, donde crecen a la vez el mirto de los poetas y el laurel de los guerreros, donde se ha pensado todo lo que es grande y se ha sufrido todo lo que es terrible; donde la Libertad, de tanto haber luchado allí, se envuelve en un manto teñido en su propia sangre, hay que penetrar en el seno de esos colosos, costear abismos, cabalgar sobre sus crestas, trepar a los picos, saludar de cerca a las nubes. Al principio del camino, en la Guaira, al tomar la diligencia, el vehículo en que se hace el viaje, quisiera uno despojarse de todos sus trajes, tan rudo es el calor; y a mitad del trayecto buscamos los del vecino por no bastarnos con los nuestros: el frío comienza. ¡Y qué hermosa carretera! Es una pista sobre precipicios: se respira un aire bueno durante el trayecto, el sabroso aire del peligro. No hay más que mirar hacia abajo: el vértigo se apodera de nosotros. Ahora, con una rapidez febril propia de los cuentos de hadas, y que honra a la inteligencia y a la actividad del país, se está construyendo un ferrocarril tortuoso y audaz, que taladrará cual un juguete de acero esa mole de montañas. Será algo así como el mango de un abanico chino, sobre el cual vendrán a reunirse los diversos ferrocarriles, ya estudiados y trazados, que se extenderán como flechas agudas, desmontando a las perezosas selvas, sacudiendo a las ciudades dormidas, por todas las regiones del país.

Venezuela es un país rico más allá de los límites naturales. Las montañas tienen vetas de oro, y de plata, y de hierro. La tierra, cual si fuera una doncella, despierta a la menor mirada de amor. La Sociedad Agrícola de Francia acaba de publicar un libro en el que se demuestra que no hay en la tierra un país tan bien dotado para establecer en él toda clase de cultivos. Se pueden allí sembrar patatas y tabaco, té, cacao, y café; la encina crece junto a la palmera. Hasta se ve en la misma pucha el jazmín del Malabar y la rosa Malmaison, y en la misma cesta la pera y el banano. Hay todos los climas, todas las alturas, todas las especies de agua; orillas de mar, orillas de río, llanuras, montañas; la zona fría, la zona templada, la zona tórrida. Los ríos son grandes como el Mississippi; el suelo, fértil como las laderas de un volcán.[...]

En la ciudad, una vida rara semipatriarcal, semiparisiense, espera a los forasteros. Las comidas que en ella se sirven, exceptuando algunos platos del país, las sillas para sentarse, los trajes que se usan, los libros que se leen, todo es europeo. La alta literatura, la gran filosofía, las convulsiones humanas, les son del todo familiares. En su inteligencia como en su suelo, cualquier semilla que se riegue fructifica abundantemente. Son como grandes espejos que reflejan la imagen aumentándola: verdaderas arpas eolias, sonoras a todos los ruidos. Sólo que se desdeña el estudio de las cuestiones esenciales de la patria; se sueña con soluciones extranjeras para problemas originales; se quieren aplicar sentimientos absolutamente genuinos, fórmulas políticas y económicas nacidas de elementos completamente diferentes. Allí se conocen admirablemente las interioridades de Víctor Hugo, los chistes de Proudhon, las hazañas de los Rougon Macquart yNaná. En materia de República, después que imitaron a los Estados Unidos, quieren imitar a Suiza: van a ser gobernados desde febrero próximo por un Consejo Federal nombrado por los Estados. En literatura, tienen delirio por los españoles y los franceses. Aunque nadie habla la lengua india del país, todo el mundo traduce a Gautier, admira a Janin, conoce de memoria a Chateaubriand, a Quinet, a Lamartine. Resulta, pues, una inconformidad absoluta entre la educación de la clase dirigente y las necesidades reales y urgentes del pueblo que ha de ser dirigido. Las soluciones complicadas y sofísticas a que se llega en los pueblos antiguos, nutridos de viejas serpientes, de odios feudales, de impaciencias justas y terribles; las transacciones de una forma brillante, pero de una base frágil, por medio de las cuales se prepara para el siglo próximo el desenlace de problemas espantosos, o pueden ser las leyes de la vida para un país constituido excepcionalmente, habitado por razas originales cuya propia mezcla ofrece caracteres de singularidad, donde se sufre por la resistencia de las clases laboriosas, como se sufre en el extranjero por su esparcimiento: donde se sufre por la falta de población, como se sufre en el extranjero, por su exceso. Las soluciones socialistas, nacidas de los males europeos, no tienen nada que curar en la selva del Amazonas, donde se adora todavía a las divinidades salvajes. Es allí donde hay que estudiar, en el libro de la Naturaleza, junto a esas míseras chozas. Un país agrícola necesita una educación agrícola. El estudio exclusivo de la literatura crea en las inteligencias elementos morbosos, y puebla la mente de entidades falsas. Un pueblo nuevo necesita pasiones sanas: los amores enfermizos, las ideas convencionales, el mundo abstracto e imaginario que nace del abandono total de la inteligencia por los estudios literarios, producen una generación enclenque e impura, mal preparada para el gobierno fructífero del país, apasionada por las bellezas, por los deseos y las agitaciones de un orden personal y poético, que no puede ayudar al desarrollo serio, constante y uniforme de las fuerzas prácticas de un pueblo.

Otro mal contribuye a malversar las extraordinarias fuerzas intelectuales de la República. En los hombres hay una necesidad innata de lujo: es casi una condición física, impuesta por la abundancia de la Naturaleza que los rodea; llevados, además, por el desarrollo febril de su inteligencia, a las más altas esferas de apetencia, la pobreza resulta para ellos un dolor amargo e insoportable. No creen que la vida sea, como es, el arte difícil de escalar una montaña, sino el arte brillante de volar, de un solo impulso, desde la base hasta la cima. El don de la inteligencia les parece un derecho a la holgazanería: se entregan, pues, a los placeres costosos del lujo intelectual, en lugar de mirar a la tierra, trabajarla afanosamente, arrancarle sus secretos, explotar sus maravillas, y acumular su fortuna por medio del ahorro diario, al igual que como por el constante goteo se forma la estalactita. Se tienden sobre la tierra, impidiéndole abrirse, y sueñan. Pero viene el amor, el amor de una mujer distinguida, el amor sudamericano, rápido como la llama, imperativo y dominador, exigente y morboso. Hay que casarse, poner casa lujosa, vestir bien a los hijos, vivir al uso de las gentes ricas, gastar, en resumen, mucho dinero. ¿Dónde ganarlo en un país pobre? Y se habla entonces, y se escribe, para el Gobierno que paga, o para las revoluciones que prometen; se ponen a los pies de los amos, que odian a los talentos viriles y gozan destruyendo los caracteres, venciendo a la virtud, refrenando a la inteligencia.[...]

Hay una semana que es en Caracas como una exhibición de riqueza: la Semana Santa. Mientras dura, se advierten prodigalidades insensatas. Todo el mundo está en la calle. Todos los trabajos se suspenden. Se da uno por entero al placer de ver y ser visto. Es una exhibición de riqueza, una verdadera batalla entre las familias, un desbordamiento de lujo. Se pasea desde la mañana a la tarde. El Señor moribundo es el pretexto, pero no se piensa sino en cantar en la iglesia, donde los coros están formados por las gentes jóvenes más notables de la ciudad; en maravillar a los curiosos, en vencer a sus rivales. Son los alegres vestidos nuevos, arrastrando por las calles sus colas grises, rojas o azules, donde se exige a los hombres reunidos a la puerta de los templos tributo a la belleza, donde las larvas que van a ser mariposas sacuden las alas, y con movimientos adorables de muñecas animadas, se pasean en su primer traje de mujercitas. Como paisaje no hay nada más bello. Los vestidos, de color vivo, al sol de la mañana parecen flores que caminan, mecidas por el aire amable en la larga calle. El aire, siempre húmedo y sabroso, está cargado de perfumes del día que nace, de la iglesia que se abre, de mujeres que se pasean. Y los pies de las mujeres son tan pequeños, que toda una familia podría posarse sobre una de nuestras manos. No son criaturas humanas, sino nubes que sonríen. Estrellas pasajeras, sueños que vagan: son ligeras e inasibles y esbeltas como los sueños. La caraqueña es una mujer notable. El marido, para satisfacer las necesidades del hogar, o su amor insaciable de belleza, puede poner en subasta su dignidad política, porque están peligrosamente orgullosos de su dignidad personal; pero nada estremece la sólida virtud de la mujer, una virtud natural, encantadora, indolente, elegante: una virtud que se inspira dulcemente, sin exageraciones de cuáqueros, sin severidades de monja. Estas mujeres poseen el don de detener a los hombres audaces con una sonrisa. Se habla con ellas ante las ventanas abiertas. Se siente uno embelesado, y pleno de fuerza, y borracho de una dulce bebida: las volvemos a encontrar en las calles, en el teatro, en el paseo: ellas nos saludan cortés pero fríamente. Vuestra jarra de flores cae por tierra. El bello Don Juan se aburriría soberanamente en Caracas. No existe allí la Doña Inés, porque la inteligencia superior de las mujeres constituye una salvaguarda contra las seducciones de los Tenorios.[...]

Se sabe de todo en la ciudad, y se habla admirablemente de todo: la imaginación es allí como un hada doméstica: la Poesía riega de flores las cunas de los recién nacidos; la Belleza besa los labios de las mujeres de esta tierra. Pero los hombres no tienen suficiente independencia personal y suficiente conocimiento de las verdaderas necesidades de su patria, para hacerla un país rico, feliz y fuerte. Una multitud de apóstoles trabaja en silencio por el mejoramiento del país; una necesidad de ciencia práctica comienza a reemplazar la excesiva producción poética. Hay que atender y saludar a los buenos luchadores que construyeron su primera línea férrea, que estudian nuestras costumbres, esparcen a manos llenas la instrucción pública, y llaman con voz leal a las riquezas extranjeras que deben hacer fructificar las riquezas naturales.



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