jueves, 22 de mayo de 2014

Venezuela frente al espejo

"La imagen más bella es absurda en un espejo cóncavo" - Ramón del Valle-Inclán

Venezuela se sienta, se peina. Contemplándose en un espejo roto, se acaricia la cabellera, antaño frondosa y brillante, ahora ya quebrada y maltratada. Sus uñas muestran restos de algún costoso esmalte que se ha mezclado con mugres verduscas; algunas de ellas revelan mordiscos de ansiedad, impulsos de angustia. Sobre ella reposa la corona, ¡la corona de su belleza! La gala, el aplauso, todo fue suyo alguna vez, y su corona así lo prueba. "Soy linda, soy la más linda de todas" se dice a sí misma en una voz que alguna vez fue de colorida guacamaya y ahora es de sombrío zamuro. Aunque la corona está oxidada y le hace daño a su cuero cabelludo, nunca se la quita.

Venezuela, sentada, se maquilla. Un viejo estuche de necessaires contiene brochas y pintalabios gastados que se esfuerza por exprimir y aplicar en su rostro, ya no sabe si arrugado o herido, o quizá sean las dos. No hay suficiente maquillaje para los moretones de sus mejillas, y de lo que fue una espectacular sonrisa hoy queda sólo una grotesca orgía de caries y placa dental. "Soy linda, soy la más linda de todas", se dice de nuevo a sí misma, juntando los labios para evitar verse los dientes.

Venezuela es pobre. Se le acabó el chorrito de viscosos dividendos. Los barcos petroleros con nombres de concursantes ya no le sirven para nada. A veces recuerda el llano, su infancia sencilla y agraria, y también los lujos que le trajeron las refinerías, las ciudades, ahora villas de miseria. ¡Qué buenos tiempos! ¡Qué lindas joyas, qué lindos centros comerciales! ¡Ta'barato, dame dos! Nunca pidió maestros; ¿para qué? Todos le dijeron que no los necesitaría, que a las princesas no les tocaba trabajar ni estudiar; basta un noventa-sesenta-noventa. Así creció, desdeñando el trabajo, estrenando vestidos, desconociendo el esfuerzo y canturreando: "soy la más linda, la más linda de todas".

Venezuela se levanta con dificultad. Desfiló todos los vestidos de todos los diseñadores, pero de aquello sólo le queda un harapo que no ha lavado en semanas por falta de agua. Igualmente lo luce y hace una reverencia a su audiencia imaginaria. Una morisqueta delirante pasa como ráfaga por su rostro, y una comparsa de gestos la hacen revivir tiempos de paparazzi, entrevistas, banquetes y fiestas. "Soy linda, soy la más linda de todas", se repite dando vueltas y apretando con fuerza su roída banda de Miss Universo.

Venezuela camina hacia el balcón. Sus piernas fueron la envidia de los concursos; sus curvas eran la silueta del deseo, el trazo de la belleza. De ellas no queda más que dos raquíticas y rasguñadas tibias que apenas y pueden soportar el resto de la fofa fisonomía. Avanza de puntillas con sus pies soñadores que, imaginando tacones ya perdidos, la hacen asomarse al balcón del rancho que ella confunde con hotel de cinco estrellas. "¡Soy linda, soy la más linda de todas!" grita hacia la miseria, y los transeúntes evitan dirigirle la mirada.

Venezuela está cansada. Encandilada por la inclemencia del trópico, vuelve a su paupérrimo aposento y se postra en una cama que le rechina antiguos pecados. Se toca, intentando recordar qué era el cariño, pero sabe bien que sólo conoció la lujuria. Recuerda a sus amantes: los caballeros de broches blancos, corbatas verdes y boinas rojas a quienes regaló sus riquezas. Recordando sus promesas, sus regalos y cortejos, los visualiza, los imagina y les pregunta dudosa y melancólica a sus espectros: "¿soy la más linda? ¿soy la más linda de todas?"

Venezuela calla. En un silencio que todo lo dice, se oye el rugir de su estómago, antaño plano y esbelto de dietas y ejercicio, hoy enfermo e hinchado con las lombrices del hambre. Resignada a no comer - ya gastó su cuota del mes - posa su cabeza sobre sus temblorosas manos y cierra sus arrugados párpados buscando conciliar un descanso que ya parecía haber huido para siempre. Logra un breve sueño en el cual se alimenta de caleidoscópicas visiones que entre bailes y entrevistas le recuerdan con entusiasmo: "¡Eres la más linda, la más linda de todas!".

Venezuela duerme. Viéndola bien, su sueño se parece mucho a la muerte. Si no fuera por una imperceptible pero constante respiración, la asumirían muerta. Maltrecha, sucia y enferma, Venezuela se toca el vientre. Debajo del deterioro, hay en él otro ritmo, otros latidos. Parece increíble que aún haya vida en la sequedad y fealdad de la patética Venezuela: un nuevo corazón que late a pesar del hambre y la peste, a pesar de haber sido engendrado por quienes violaron su fertilidad. Nuestra triste figura se soba esa barriga que no sólo está hinchada de lombrices sino de su última esperanza. Con la carrasposa voz de la pobreza, le dice a la criatura que contra todo pronóstico crece dentro de ella: "soy tu madre, la más linda, la más linda de todas".

Venezuela piensa. La incertidumbre de su futuro la desespera, y no porque tenga miedo a perder algo, ella que ya lo ha perdido todo. No, ella teme perder lo único que queda de ella que no ha sido aún tocado por la desgracia, su última posibilidad, su última esperanza. Ya ha parido antes, pero hace mucho que no ve a sus hijos. Uno le salió empresario y no le dejó ni una locha antes de irse avergonzado de ella a otro lugar; otro le salió delincuente y quién sabe dónde andará, o si vive aún. No sabe cuánto más aguantará, y mucho menos cómo hará para mantener a esta nueva criatura, vástago de la crisis y ahijado de la tragedia. En un gutural susurro, le dice a quien vive en su panza: "quiero que seas la más linda, la más linda de todas..."

Venezuela llora. Frustrada e incapaz de encontrarse solución y admitir su harapienta y mancillada figura, decidió confiar en las mentiras del espejo roto, en sus torcidos recuerdos y en las píldoras rojas para interpretar su realidad. Acostada, la corona le pincha la cabeza y sangra un poco. Para disfrazar el dolor, tararea una canción que no se sabe si es marcial o de cuna, aunque todos en el país saben que es ambas y la misma. Cansada ya de la melodía patriótica, a Venezuela se le iluminan los espesos ojos y vuelve a sonreir en su delirante mueca. Para dormirse de nuevo, repite sin cesar: "en una noche tan linda como ésta, fui yo la más linda: la más linda de todas..."






domingo, 18 de mayo de 2014

Nostalgia dominguera: el terreno de la calle Marte

Anoche soñé que caminaba por el Trigal, esa urbanización valenciana que recuerdo por su resplandor de atardecer, por el ruido de sus heladeros y por las matas de mango que parecían saludar a quien transitaba por sus tranquilas aceras. Su silencio después de almorzar es uno que aún evoco cuando veo una calle callada, y el cantar de los sapitos en la noche es un sonido que será para siempre un viaje instantáneo a mi niñez. Nuestra primera casa en Valencia quedaba en la calle Marte, que como gran parte del Trigal, era una sucesión de casas al estilo italiano: quizá algo anticuadas o viejas pero orgullosas y acicaladas, como señoronas que se arreglan antes de ir a jugar cartas en el club.

Convenientemente, mi guardería - luego preescolar - no quedaba sino a dos o tres casas de distancia, haciendo posible caminar con mi mamá o mi abuela hacia y desde él. "Santa Rosa de Lima" se llamaba esa escuelita, y no era más que una de estas simpáticas casas acondicionada lo suficiente como para albergar varias decenas de niños gritones y llorones que día tras día ponían a prueba la paciencia de sus cuidadoras y maestras.

Algo tiene la nostalgia que puede hacernos añorar los lugares más triviales, y se dio que en mi paseo onírico por la calle Marte me detuve frente al terreno vacío que quedaba justo enfrente a la escuela de mi infancia. Era un lote en el cual pudiesen haber cabido unas cuatro quintas como las que ocupaban el resto de la calle, pero quizá con la intención nunca cumplida de hacer un parque o una plaza, fue dejado desnudo con sus árboles y su tierra, como ha permanecido incluso hasta hoy. A través de él se podía ir de la calle Marte a alguna con otro nombre de planeta, no sé bien si la Tierra o Júpiter. Ya que el preescolar no disponía de un jardín muy grande, en ese terreno practicábamos gimnasia cuando éramos pequeños, y también lo utilizábamos a veces para esperar que nuestros padres pasaran por nosotros al mediodía.

En ese terreno se originó (¿o acrecentó?) mi fobia a los bachacos, una que hoy puedo ubicar como una primera señal de mis ansiedades irracionales. Sin duda alguna, el episodio más memorable que viví en el terreno de la calle Marte fue el quedarme anonadado al ver que una de las muchas iguanas que poblaban los árboles decidió bañar al pobre Manuel Gerardo Laurentín con su líquida excreción. Aún recuerdo la expresión de su rostro, su impavidez y nuestra sorpresa infantil al ver que la naturaleza se podía cagar en nosotros. Ya de adulto me doy cuenta de que nosotros los hacemos más que ella. Aunque sé que es primo de una amiga, más nunca supe qué fue de Manuel Gerardo, al igual que muchos otros estudiantes del Santa Rosa de Lima, pero forma parte de esos nombres que se quedan flotando en mi cabeza, como fantasmillas de tiempos pasados.

También recuerdo mi celebración de cinco años, en la cual mis padres instalaron un toldo, adornaron con globos y payasos el humilde terreno e invitaron a mis amigos del preescolar y a nuestros familiares y allegados a celebrar conmigo. Hay fotos muy bonitas del momento, el cual tiene la particularidad de haber sido el único cumpleaños - y una de las contadísimas veces en más de una década que vivimos en Valencia - en el cual recuerdo que nos visitó familia del lado de mi padre. Parece mentira, pero a muchos les he visto más aquí en los Estados Unidos que en el estado Carabobo. Así son los guiños de la vida, supongo.

En mi sueño, andando por la calle Marte, me detuve en el terreno y no recuerdo haber visto iguanas ni bachacos. Sé por mis últimas visitas que hace tiempo ya que el preescolar no funciona, pero su casa aún sobrevive y si mal no recuerdo fue pintada totalmente de blanco, cuestión que me incomodó un poco las veces que pude pasar por allí. En fin, que el terreno seguía igual de vacío que siempre, y la brisa aún susurraba secretos añejos a los árboles, siempre encantados ante el dorado atardecer del Trigal.

Y en medio de mi añoranza, el yo que soñaba pareció repentinamente consciente de que vivía un sueño, y sintió unas ganas terribles de quedarse allí, aún sabiendo que en unos pocos segundos se despertaría y lo único que podría hacer para preservar ese instante sería escribir este texto.


martes, 22 de abril de 2014

Loa a María

Si a mi niñez sabor le pusiera
quizá a galleta a mí me sabría;
pero no a Oreo o alguna otra,
sino a la humilde y rica María.

Lo que les digo no es propaganda,
no es cuña chimba ni comercial;
son reflexiones que la nostalgia
con sus susurros me hace notar.




domingo, 20 de abril de 2014

¿Me llamaría cristiano?

"No juzguéis a los demás si no queréis ser juzgados. Porque con el mismo juicio que juzgareis habéis de ser juzgados, y con la misma medida que midiereis, seréis medidos vosotros." (Mateo 7:2)

Podría llamarme cristiano cuando obro sin egoísmo, buscando ayudar a mi prójimo e intentando con mis acciones crear un mundo mejor. Me llamaría cristiano cuando busco entender al que me ataca y trato de conseguir una salida pacífica de mis conflictos. Podría también llamarme cristiano si no permito que mi ego me haga creer mejor que los demás, si creo que un carpintero podría tener tanta o más razón que un sacerdote o un emperador.

Podría llamarme cristiano cuando comparto un trozo de pan y un poco de vino con un amigo hambriento. Me podría llamar cristiano cuando los problemas de la humanidad atormentan mi descanso, y me angustia que nunca podamos entendernos. También me llamaría cristiano cuando señalo sin temor lo que considero injusticias del mundo, aunque se me acuse de loco o hereje.
No me llamo cristiano porque no creo que todos nacemos en pecado ni que hay una sola verdad, inmutable, incuestionable y excluyente. No me llamo cristiano porque no creo que toda la miseria humana sea parte de un plan divino de un dios caprichoso y exalta la privación y el sufrimiento como la única manera de encontrarlo. No me llamo cristiano porque no pretendo que mi fe sea la única portadora de la verdad, ni creo en que una sola fe encierre todas las verdades de la existencia.

Tampoco me llamaría cristiano, porque resiento la pompa y circunstancia de una religión más ocupada en construir templos y adoctrinar feligreses que en crear pensadores libres y de valor para un mundo necesitado en aceptación y tolerancia. No me llamo cristiano porque dudo mucho que el cielo sea un sitio que refleje la burocracia de las mentes humanas y que dios se ocupe más de ver a cuántas misas hemos ido que de cuántos niños no han comido en el mundo o mueren en las guerras. No me llamo cristiano porque no considero maligno a lo diferente, ni temo a que el paso del tiempo nos descubra nuevas verdades sobre nuestro lugar en el universo.

No me llamo cristiano porque no creo que para ser buena persona se tenga que ser religioso. No me llamo cristiano porque lo más importante de las enseñanzas de Jesús no está en cómo nos llamemos ni qué o cuántos rituales practiquemos, sino en lo que hagamos por ayudar a la humanidad a salir de los laberintos en donde aún deambulamos.



lunes, 14 de abril de 2014

Destierro

Puedo
evocar los momentos más inútiles.
Los instantes de irrelevancia
que conforman
mis nostalgias.

Muchos
apoyaron mi partida:
alejarme me llevaría
a aquello que llaman
éxito.

No sé
si fue bueno o malo;
el bienestar que poseo
tuvo un precio muy
caro.

Pasa
el tiempo y sus torbellinos,
pero mi afán de recordar
no se detiene
nunca.

Siento
un enorme vacío
rodeado de cachivaches
absolutamente vanos,
inútiles.

Vibran
las cuerdas del alma
cuando escucho las canciones
que invocan viejas
imágenes.

Extraño
todo lo que alguna vez
di por hecho, por normal;
me hace falta
mi vida.

Transito
un camino en desgano:
conozco viajeros nuevos
pero volteo hacia atrás 
y lloro.  

Soy
un fantasma que sonríe,
un payaso hilarante
engañando lamentos con
risas.

Duelen
la indiferencia del olvido
y los silencios
del exilio.


martes, 4 de febrero de 2014

Hoy es cuatro de febrero:

Hoy es cuatro de febrero del 2014, una fecha que pasa desapercibida en muchos lugares del mundo pero contiene hechos importantes en la historia que van desde la fundación de la red social Facebook hasta la elección de George Washington como presidente de los Estados Unidos. Para los venezolanos, sin embargo, esta fecha tiene una especial resonancia, pues conmemora dos décadas y dos años desde que un grupo de militares atentaron contra el gobierno - democráticamente electo, señalarían enfáticamente algunos hoy, quizá para darle legitimidad a pesar de sus defectos, porque lo que es igual no es trampa - de Carlos Andrés Pérez.

Yo tenía apenas siete años en aquel momento (en realidad estaba a una semanas de cumplirlos, pero para efectos de este escrito, da lo mismo), así que mi vivencia del momento no se remitió a mucho más que a tener un día sin escuela y ver montones de aviones sobrevolar el cielo de la verde urbanización valenciana donde vivía en ese entonces.

A pesar de ser un niño de primero o segundo grado, recuerdo bien aquel momento: sentado con mis padres en el balcón de mi casa, viendo un televisor que mostraba imágenes que iba desde ciertos militares uniformados hasta un repetitivo video de una tanqueta desmoronando una pared del palacio presidencial. Dichas imágenes son bien conocidas hoy día; podría incluso decirse que forman ahora parte de nuestra historia contemporánea y nos permiten marcar un claro punto de origen a los traumas que hoy sacuden a Venezuela. Con lo anterior, cabe aclarar, no quiero decir que todos nuestros problemas se hayan generado espontáneamente a partir del golpe de estado del 4 de febrero, pero sí está claro que fue un momento clave para agravarlos. Pienso que el cuatro de febrero convirtió el descontento en ira, y el resentimiento en venganza.

Todos sabemos que uno de los elementos más importantes del 4 de febrero tiene - tuvo - nombre y apellido: Hugo Chávez. A pesar de ser una subversión de numerosos oficiales del ejército, muchos de los cuales son prominentes figuras del escenario socio-político venezolano, aquel teniente coronel que declaró ante las cámaras que "los objetivos no han sido cumplidos... por ahora..." obtuvo un beneficio sustancial de su derrota televisada: se convirtió en un ídolo popular.

Por un proceso social simultáneamente simple y complejo, Chávez obtuvo en aquel momento mucho más que los quince minutos de fama que predijo Andy Warhol: se convirtió en la encarnación de los ideales populares. Similar a las aves que conservan en sus mentes la imagen de la primera criatura que observan al nacer, un importante sector de Venezuela vio en Hugo Chávez una figura que encarnaba el cambio que ellos deseaban. Esto, sumado a la amplia tradición caudillista que aún hoy impera en el subconsciente venezolano, permitió que aquel militar golpista se convirtiese en el presidente más controversial de la historia reciente venezolana, uno que se tatuó en tal nivel dentro de la psique nacional que pudo, frente a nuestras mismas narices, alterar básicamente todo aquello que definíamos como "Venezuela".

Pero no estoy acá para hablar de Chávez, aunque éste sea un elemento clave en los hechos del 4-F. No me cabe la menor duda que si el que se hubiese anunciado en televisión hubiese sido Perico de los Palotes, entonces el párrafo anterior trataría sobre Perico de los Palotes. La verdad no sé bien para que estoy acá aparte de desahogarme un rato, pero puedo decir que me interesa más hablar de una visión más global, o lo que los gringos llaman "the big picture". A tantos años de la fecha que hoy se conmemora, ya es posible - y necesario - establecer relaciones claras entre lo que aconteció entonces y lo que acontece ahora.


Es importante tejer esas conexiones, pues los venezolanos somos víctimas de una enseñanza histórica demasiado fragmentada como para comprender cualquier cosa relevante sobre ella. Toda nuestra concepción histórica es como un rompecabezas incompleto que guardamos en una caja y no queremos armar más: una fecha por aquí, una batalla por allá, y se sale uno de bachillerato sin saber cuáles fueron las repercusiones de las campañas de Bolívar en el desarrollo futuro del país, o de por qué Páez muere en Nueva York y Miranda en la Carraca. En fin, que la historia icónica, monolítica y fragmentada nos hace ingenuos e incautos, y hoy vemos el cuatro de febrero con simplismos al extremos: los chavistas lo celebran como el nacimiento de un Mesías y los opositores le escupen y lo niegan como una fecha innombrable. Yo considero necesario contemplar al 4 de febrero con la solemnidad y tristeza que merece todo estallido social producto de un descontento genuino.

Uno de los descuidos más grandes de la Venezuela actual es la de creer que las fuerzas que elevaron al chavismo al poder, comparable a otras en la historia como la herida Alemania pre-Nazi o la pisoteada Rusia de los zares, no tienen una justificación histórica. La tienen, pero el problema radica en que no se canaliza constructivamente el descontento, sino que se convierte en vehículo del populismo y la prolongación de la pobreza. El pueblo, como un trágico ascensorista, cumple inocentemente su labor de llevar hasta lo más alto del poder a demagogos y estafadores para luego volver de nuevo a los oscuros sótanos de la miseria.

El cuatro de febrero prometió revolución, pero sólo lo ha sido en el sentido más destructivo de la palabra. No hay nada de revolucionario en quienes denuncian el engaño para luego cometerlo, no hay nada de revolucionario en quien reclama injusticia para luego patrocinarla. No hay nada de revolucionario en rechazar el imperialismo y dejarse colonizar por las ideas de Fidel, ni el que dice repudiar la corrupción y saquea a la nación más que ningún otro. No hay nada de revolucionario en quien sólo concibe que la igualdad del pueblo sea en la miseria, ni hay nada de revolucionario en quien promete salvar al pueblo y lo condena al hambre y al hampa.

Hoy siento que nuevos peligros acechan nuestro porvenir nacional: el resentimiento sigue siendo el gobernante con mayor poder en el país, ya no controlando solamente a los que en algún momento apoyaron al chavismo, sino a quienes han recibido tantas bofetadas sociales de manera gratuita, sólo por pertenecer a clases sociales distintas. Los marginadores convertidos en marginados, paradoja constante de extremistas ideológicos sin conocimiento de la ideología. Veo una idiosincrasia que, sin distinguir clase social ni partido político, se va llenando de violencia e ignorancia: el otro es malo, el otro no tiene razón, el otro no debería existir.

"Chavista". "Escuálido". "Te odio, niche". "Maldito sifrino". "Burgués". "Comunista". Y la morgue de Bello Monte llena, y el malandro que nos mata sin preguntarnos por quién votamos.

Cazando a la quimera de la igualdad, lo que se ha logrado en Venezuela es resaltar las diferencias, que no son tantas como creemos, pero que vistas desde los espejos cóncavos que nos presentan los discursos políticos así lo parecen. Veo a un país al que le enseñaron que debe buscarse en Cuba y a otro que se escupe a sí mismo y quiere ser Suecia, Canadá o Australia; cualquier cosa menos Venezuela. Mientras tanto, el caos impera y el petróleo sigue fluyendo, hundiéndonos en el viscoso mar de nuestros desatinos.

Hoy es cuatro de febrero, y a pesar de haber sido un niño hace veintidós años, contemplo ésta como una fecha trágica de implosión social, cuyo eco hoy vivimos y padecemos. Matriz de muerte, exilios y miserias, sufrimiento e ira de un pueblo mordisqueado por una víbora de ponzoña inagotable.


lunes, 9 de diciembre de 2013

El día que el Sol no salió

“It is a hypothesis that the sun will rise tomorrow: and this means that we do not know whether it will rise” - Wittgenstein

Se despertó como todos los días, con su sentido del oído más alerta que el resto de su cuerpo. Intentando mover los pies, siempre más perezosos que sus otras extremidades, fue abriendo los ojos para corroborar que era la hora indicada. El despertador, ese antipático aparato que nunca dormía, parecía disfrutar dándole la hora: las siete y veintinueve.

Ya hacía tiempo que se despertaba justo un minuto antes de la hora que había pactado como la más prudente para iniciar su faena, y siempre maldecía no poder dormir ese último minuto. Estaba seguro de que si por casualidad decidía prescindir del despertador, se quedaría durmiendo hasta el mediodía. Así era su vida, pensaba, aceptando las burlas de las agujas del reloj. Estirándose, aunque aún sin levantarse, encendió el televisor, de donde salió la voz ansiosa de una demasiado maquillada comentarista

…sado que el presidente aún no se pronuncia en relación a lo ocurrido. También los representantes de la Unión Europea convocan a un consejo de emergencia e insisten en lo que parece ser el mensaje común de todos los gobiernos del mundo: se debe mantener la calma po…”

No entendía bien lo que pasaba, pero parecía urgente. ¿Nuevo ataque terrorista, repentina debacle económica? Silenció cualquier pensamiento especulador y cambió a otros canales, esperando que los hechos hablasen por sí mismos. Fue una famosa cadena anglosajona de noticias la que confirmó lo que ya su subconsciente había identificado, analizado y aceptado sin su consentimiento:

… to address this unprecedented event, one that has never before been registered in the history of mankind and, quite possibly, of the planet: today our mother star, the Sun, has not appeared in our sky, and is nowhere to be found…”

Meditó rápidamente en lo que aseveraba el noticiero extranjero, y lo siguiente sucedió en cuestión de segundos: se levantó, abrió la impenetrable cortina que le separaba de la luz mañanera,  y allí pudo contemplar lo que tenía a todo el planeta paralizado y en asombro. El noticiero tenía razón. Era cierto, el sol no estaba: se había negado a salir.

Se repetía incesantemente que era imposible; después de todo, la ausencia verdadera del Astro Rey traería un sinfín de fenómenos que no permitirían que ningún planeta tuviese tiempo de tomar conciencia de su obliteración. Aparte, recordó haber leído años atrás que los científicos sabían con exactitud cuándo se agotaría la energía del sol. Se intentaba convencer de la imposibilidad de aquel hecho: “un desastre gravitacional, cuando mínimo, sin contar la debilitación de los campos magnéticos de la Tierra, y también un cambio drástico en la temperatura, o la capa de ozono… tampoco un repentino detenimiento de la rotación…”

Y sin embargo, allí estaban él y su mundo, ahora sin Sol.

Se estrujó los ojos un par de veces, y todo seguía igual. Desde hace varias horas, el sol no estaba en el firmamento. Después de toda una juventud atrayendo miradas desdeñosas por soñar con lo imposible, el universo le demostraba que, en efecto, podían ocurrir cosas extraordinarias. Parte de él, sin embargo, se encontraba vibrando de ansiedad, meditando, sin pedirle permiso a su conciencia, sobre el hecho de que se encontraba a las puertas del tan temido fin del mundo.

El pánico de los vecinos le recordó que no estaba solo en esos momentos; ¿cómo iba a estarlo? La humanidad entera, de cabo a rabo, estaba confundida, desesperada, acaso aplastada por su propia pequeñez. Por alguna razón, prefirió quitarle el MUTE al televisor que interactuar con los otros seres vivos. Percatándose de su conducta asocial, su mente se justificó diciendo que seguramente acabaría más confundido si cediese ante las múltiples angustias y especulaciones de la gente. No era que el televisor fuese menos alarmista y potencialmente falso, pero al menos podía creer que alguna de esas fuentes resultase fidedigna.

Clic

… al profesor Rudolph Schumann, de la Universidad de [inaudible, ininteligible], quien nos viene a explicar lo que su equipo ha descubierto respecto al extraño fenómeno que hoy nos afecta. Adelante, Dr. Schumann

Un viejo con acento germánico limpiaba sus espejuelos cuando la cámara lo cogió desprevenido.

“Ah, sí, señorrrita; bien, la cosa es intrrrigante como pocas. La komunidad zientífika tiene varrrias teorrrías al respekto, perrro realmente estamos en el terrreno de la espekulación. Porrr mi parrrte, kreo que no se trrrata prrrecisamente de la extinción del Sol, una que calculábamos ocurrirrría en unos cientos de millonen de años. De haberrrlo sido, apenas ocho minuten después de apagarse, hubiesemos notado cambios. Klaro, es obvio que en cosa de un par de días, si las konditionen se mantienen iguales, komenzarrrá el deterrrioro progresivo de la vida en nuestrrra Tierra; sin embarrrgo, kreo que hablo por toda la komunidad tcientífica y ¿por ké nein? humana, al decir que no sabemos lo que…”

Y entonces el canal televisivo mostró estática, anunciando que ya en partes del planeta se había perdido la energía requerida para mantener funcionando estaciones de radio y televisión. Acto seguido, se apagó el televisor. Afuera no había luces: sólo subsistían aquellas alimentadas por las grandes plantas de la ciudad, que alumbraban las vías públicas. Pudo ver cómo distintos tipos de iluminación se encendían en las ventanas de los edificios cercanos: velas, fósforos, linternas, lámparas de gas o neón. Las últimas luces del ser humano.

El miedo era sólo uno de los ingredientes del coctel de emociones que le embriagaba, y cuando intentaba discernir qué era exactamente lo que sentía, se dio cuenta de que estaba sonriendo. Alguien le había dicho una vez que la mueca de la sonrisa era una herencia de los primeros homínidos relacionada con el pánico y la amenaza de un peligro; quizá eso justificaba la suya, pero al mismo tiempo reconoció que había cierto entusiasmo, incluso una rara alegría, en poder vivir aquellos inverosímiles instantes.

Todo era demasiado absurdo para ser cierto, y sin embargo allí estaba, ocurriendo frente a sus ojos. Se recordaba viéndose  a sí mismo interpretar una vida aburrida y sin sentido alguno más allá de las migajas de tiempo que le daba la implacable rutina, y repentinamente se encontró viviendo una mañana única, una mañana que no era mañana y que le recordaba a la humanidad - quizá demasiado tarde, quizá como última lección - que aún había sorpresas que esperar en un universo que creían haber cuadriculado lo suficiente como para creerlo predecible.

¿Cómo podía aquella profunda oscuridad traerle tanta claridad a su mente? No lo sabía, pero estaba alcanzando un nivel de aceptación hacia la situación planetaria que le estremecía incluso más que el propio y eventual fin del mundo. “Tu tranquilidad demuestra que estás completamente loco” se dijo a sí mismo frente al espejo, mientras se ponía algo para salir a la calle y ver cómo tomaba el mundo la ausencia del Sol aquel día que era noche.

Si bien por un lado no estaba ocurriendo lo que las leyes naturales decían que ocurriría en tal situación, no podía confiarse. Después de todo, pensó, eso de que la naturaleza tiene “leyes” (como tantas otras aseveraciones que pretenden personificar lo infinito) se lo había inventado el ser humano al observar ciertos patrones desde aquella irrelevante roca en la cual observaba al universo. Ante él y ante toda la humanidad estaba la prueba de que los caprichos cósmicos sí ocurrían, y no había indicio alguno de qué era exactamente lo que estaba ocurriendo o de su porqué.

Pasó varias horas negándose a pensar, comiendo y durmiendo, hasta que decidió salir a caminar, y extrañamente encontró la ciudad más vacía de lo que hubiera imaginado. Verdaderamente requería valor enfrentarse a la intemperie de aquella mañana oscura, pero algún motor de tentación se encendió en su ser, quizá no muy distinto al que se enciende cuando la muerte se aproxima.

Tenía frío: como era esperado, la temperatura había descendido bruscamente. Viendo que los refugios mentales de la civilización se iban desbaratando de a poco con aquel guiño de la naturaleza, pensó que quizá la gente decidía acurrucarse allí donde las cosas le eran cómodas, o tal vez habían huido buscando sobrevivir.

Anduvo por una calle que, a pesar de haberla conocido por varios años, recorría con extrañeza y duda. El cielo no estaba nublado,  pero no se podía ver más allá de una impenetrable negrura.  Jamás había visto nada como aquello: un manto de la más pura oscuridad que pudiese haber visto jamás. Le extrañó mucho la ausencia total de luna y estrellas: tal parecía que aquellos astros también se escondían de la Tierra.

Mirando hacia aquella noche diurna, recordó entonces a su padre, quien desde su aparentemente rudimentaria forma de ver la vida siempre se mantuvo cerca de los grandes asuntos de la existencia, manteniendo una serenidad casi ascética ante las adversidades. No podía hablar con él ya, y aquel momento hubiese sido perfecto para hacerlo.

Intentando espantar la tristeza como más de una vez lo había hecho, casi siempre un domingo, siguió avanzando por la calle como si de un paseo por el parque se tratase. Pudo sentir las voces de varios de esos vecinos con los que no había intercambiado más que saludos de fingida simpatía, y agradeció que en medio de su estupor no advirtieran su presencia ni decidieran prolongar la hipocresía. Caminó y caminó, hasta que se tumbó en donde pudo.

¿Cuánto tiempo quedaría? No podía saberlo, pero era evidente que todo estaba por terminar. Gran parte de su ser no acababa de asimilar lo que ocurría, y varias veces se había sorprendido sacudiendo la cabeza, como cuando quiere despertar uno de algún sueño o pesadilla. En medio de la oscuridad, podía sentir texturas conocidas: el cemento, el asfalto, el chic-chic de sus zapatos en medio de la humedad de una acera que quizá le daría asco si pudiese verla. ¿Recordaba acaso el pasto?

Y allí comenzó:

Ocho...

Cada vez fueron menos las luces que se mantuvieron encendidas. Como luciérnagas que morían, se apagaban las urbes, las colmenas de hombres que apenas un día atrás se alzaban soberbias sobre la roca planetaria y la herían. Luego del último suspiro de la electricidad sobre el planeta, la Tierra quedó ahogada en la penumbra.

Siete...

Pensó en su tierra, ese país desgraciado al que había dejado de visitar por no sufrir al ver su deterioro, y recordó que allí en el final de todas las cosas mucho bien haría ver las montañas que guardaron su infancia. En cambio, todo terminaba ante la indiferencia de una ciudad a la cual nunca comprendió.

Seis...

Los sonidos se hicieron confusos, como si todo gritara pero a la vez todo callara. También participaban las voces de su mente en aquel bullicio mudo que le aturdía. Escuchó entre el griterío las voces de sus tíos, su hermana y su madre, tan débil e infinitamente valiente. También escuchó tres acordes: mi menor, séptima dominante de fa sostenido y un si menor que le puso final a su experiencia sonora.

Cinco...

Podía sentir la sangre corriendo por sus venas, y las pulsaciones que hacía ésta al pasar por los recovecos de su oído interno. Sentía cómo se movía incontrolablemente sin ver exactamente qué partes de su cuerpo movía, como si de repente los nervios hubiesen perdido la conexión con el resto de su cuerpo e insistiesen en gobernar su carapacho de carne y hueso.

Cuatro...

Siempre había pensado que de existir alguna manera de viajar en el tiempo, ésta tendría algo que ver con el olfato. En brevísimos instantes, sus pituitarias le llevaron a todos los rincones, le mostraron todos los lugares y se despidieron entre un perfume de nostalgias.

Tres...

Nunca hubiese imaginado que serían sus papilas gustativas las que en el final de los tiempos  resistieran más que cualquier otra de sus funciones. Un sabor a todos los metales del mundo parecía unirse al de la jalea de mango de su niñez, al del ron de sus borracheras juveniles y al del café del entierro de sus abuelos. ¿Recordaba acaso el sabor de un beso?

Dos...
¿Y Dios? Al final, y como siempre, no había venido. ¿O sería esto obra de él? Tenía todas las características de su estampa, la marca de una deidad tan omnipotentemente tímida que jamás tuvo el valor de mostrarse ante su creación, pero sí de castigarla. Lo cierto es que aunque hacía tiempo que había perdido toda esperanza de Su existencia, parte de él aún insistía en la posibilidad de encontrarse con alguien, o algo, que tuviese respuestas sobre el por qué de las cosas.

Uno...

Dejó de sentirse. Se convirtió en una consciencia vacía de sí mismo, en una botella agujereada en un océano sombrío. Una corriente extraña le rodeaba y atravesaba. No pensaba pero entendía, no hablaba pero escuchaba, no vivía pero era.

Cero...

La noche cubrió al planeta, el cual durmió en apacible silencio por varias horas más, como si nada hubiese sucedido.

A una prudente distancia por encima de la estratósfera, un óvalo metálico flotaba impasible. Sus tripulantes observaban la Tierra, y en su ininteligible y telepática lengua se preguntaban si ya había pasado suficiente tiempo. Dos figuras humanoides parecieron asentir simultáneamente, y presionando una cantidad de dígitos en lo que parecía un tablero transparente lleno de un líquido luminoso hicieron que a lo lejos se distinguiese un enorme cubo de oscuridad que se iba abriendo poco a poco, dejando ver a la Tierra surgir de aquel huevo oscuro que le había encerrado brevemente.

Aquel nuevo amanecer era como todos y como ninguno a la vez: la luz de nuevo se sintió en cada rincón del globo terráqueo que volteaba hacia él. La selva, el océano, las montañas y el desierto sintieron de nuevo el calor que por un día entero habían perdido.

El canto de las aves empezó a escucharse, y el despertar de la fauna terrestre cantó también al renacido astro luminoso. Sonrieron delfines y gorilas, jaguares, ardillas, jirafas, cangrejos, caracoles y morsas. También lo vegetal celebró la llegada de la luz: la selva, el bosque y el manglar se estremecieron ante la calidez de la luz. Toda la naturaleza parecía reanimada con aquella mañana verdadera, con el día que fue día.

Pero faltaba en aquel ecosistema una figura, pues ningún hombre pudo ver aquel amanecer. Los rayos del sol recorrían al planeta sin tocar ojo humano alguno, y tal era que aquel arrogante simio ya no se erguía sobre el planeta. Ni un humano se vió más, aunque aún quedaba su legado: un incalculable botín de escombros y podredumbre, de radioactividad y polución, pero ya ningún homo sapiens que pudiese incrementarlo. Con el paso del tiempo, la naturaleza reclamaría de nuevo lo que siempre fue suyo.

En el óvalo alienígena que aún se posaba a prudente distancia de la Tierra, los tripulantes hacían las últimas anotaciones en lo que parecía un detallado reporte holográfico de los últimos acontecimientos. La incomprensible simbología relataba los eventos de las últimas horas, y de cómo mediante una drástica estrategia de limpieza cósmica se tuvo que encerrar al planeta en una jaula de antimateria para poder efectuar una delicadísima extracción de la especie que era galácticamente reconocida como una potencial y letal plaga: la humanidad.

Desde entonces, el único rastro de la especie humana quedó en las muestras tomadas por aquellos entes galácticos antes de la obliteración total. Mucho se cuidarían de que aquel tóxico espécimen quedase contenido en los recipientes en donde había sido confinado. Teniendo en sus rostros lo que para ellos era una mueca de felicidad, los alienígenas se vieron y se tocaron lo que podría describirse como sus manos. Antes de desaparecer en el infinito, escribieron en su insondable idioma las últimas palabras de su reporte: 

"ERROR CORREGIDO. ÁREA DESINFECTADA".