lunes, 1 de septiembre de 2014

El mundo hiperfeliz

"Yo soy libre. Libre de divertirme cuanto quiera. Hoy día todo el mundo es feliz." - Aldous Huxley, Un mundo feliz (Cap. VII)

La felicidad ha muerto.

La terrible oración que flota por encima de esta línea no es solamente una frasecita incendiaria con el objetivo de capturar la atención de un lector. Es mi conclusión ante un mundo en el cual los sentimientos genuinos están siendo constantemente perseguidos para ser aniquilados con una inyección letal de banalidad. En este sentido, la felicidad ha sido víctima de un cruel castigo, y aunque muchos crean que está más viva que nunca, temo decirles que lo que hoy creemos que se trata de felicidad no es más que una deslumbrante pero hueca imitación de la original: la hiperfelicidad.

¿Por qué el "hiper" si se trata de una versión técnicamente inferior a la original? Principalmente porque ya nos es casi imposible distinguir entre lo que era y lo que es. Este parapeto que llamamos civilización cambia con frecuencia de nociones y conceptos, pero es en la época en la cual vivimos cuando más alcance tienen los delirios del ser humano, donde puede con más facilidad suplantarse un objeto o idea con una versión contrahecha y manufacturada. Todo lo anterior depende, claro está, de que haya suficientes personas para venderles o implantarles la idea. Algunos filósofos  - sobre todo Jean Baudrillard - han postulado que con el avance de la tecnología, poco  de diferencia habrá entre lo real y lo artificial, y distinguir entre ambas nociones nos será casi imposible.

Más allá de la espeluznante idea (vean The Matrix si les interesa el tema), las vidas humanas en estos tiempos de turbulencia posmoderna se desarrollan dentro de una burbuja de libertades aparentes, pero lo cierto es que los esquemas de hoy son muchísimo más rígidos que los de unos siglos atrás. En este particular, por ejemplo, cabe preguntarse ¿qué es la libertad para mucha gente? En su forma más representativa a nivel colectivo, la democracia, o la acción de meter un voto en una caja o computador para elegir un gobernante. Sin embargo, considerando factores como el capital invertido en campañas, las alianzas entre corporaciones y estados, ¿se trata realmente de una decisión genuina, espontánea, libre? Rara vez. Todos conocen que el sistema de campañas electorales se fundamenta en sus estrategias de persuasión de masas, y también se sabe que una masa informada capaz de analizar y criticar su realidad representaría el desmoronamiento de un sistema donde la libertad es una mera ilusión.

¿Y qué tiene esto que ver con la felicidad? Pues bien, pónganse nada más a pensar en sus vidas, o en las vidas de sus familiares, amigos o vecinos, todos individuos que en mayor o menor grado creen tener clara su idea de lo que es la felicidad. ¿En qué invierte su existencia la mayor parte de este conjunto en la sociedad "civilizada"? Las respuestas pueden variar entre el trabajo - el cual en sí mismo es el medio para obtener aquello que nos hará felices - , la búsqueda de placer - es decir, la felicidad en sí misma - o acaso el futuro de sus familias - en este caso, la felicidad de los suyos - ,pero incluso allí cuando creemos basar nuestras vidas en nuestros gustos, nuestras metas y nuestras decisiones, corremos el riesgo de caer sin darnos cuenta - o peor, sin importarnos - en una jaula de prejuicios e ideas falsas que nos alejan de nuestra idea de felicidad.

Se dan casos, por supuesto y por fortuna, de personas cuyo motor de felicidad proviene de su interior y cuenta, en la medida de lo posible (porque nadie está a salvo de los constructos culturales que conforman nuestra personalidad), con autonomía y autenticidad. Son preciadas mentes en un mundo de gente que prefiere seguir esquemas prefabricados que no se cuestionan sino que se adoptan a ciegas y porque sí, y si no se adoptan, se vive en constante infelicidad por no poderlos alcanzar. La sociedad en tiempos de hiperfelicidad actúa como una red corregidora de mentes "anormales" a las cuales se les rechaza y condena por ocurrírseles no cumplir con lo que establece la matriz de banalidad que brota de ella. El mundo hiperfeliz no puede tolerar que una persona no participe en sus euforias.

Un ser hiperfeliz intenta hacer de todo, probar de todo, ir a todo lugar y tenerlo todo, tanto como le sea posible. Más, más, más. Se esfuerza por lograr cumplir con la superficie de todas estas acciones, pero rara vez profundiza y medita sobre ellas. Un hiperfeliz viaja a un lugar, se retrata en él y brinca hacia otro en el cual sacar un nuevo retrato, pues ante todo un buscador de sensaciones: todo le emociona, todo lo quiere, pero no tiene tiempo para detenerse a pensar por qué lo quiere o qué es realmente la naturaleza de lo que desea.

Para los hiperfelices, toda incitación a profundizar sobre la naturaleza de un elemento es una pérdida de tiempo; analizar y cuestionar es "enrollarse" o ser "demasiado intenso". Y ay de quien se le ocurra presentarle a un hiperfeliz un pensamiento que no vaya coloreado del positivismo de cartón en el cual cree fielmente: ¡mala vibra! ¡nube gris! El hiperfeliz niega tanto como pueda el sentido trágico de la existencia y con frecuencia balbuceará máximas parecidas a las siguientes: "busca tu felicidad a toda costa", "lo único que importa es ser feliz" y otras tantas. Adicto a la infantil demagogia de la autoayuda, el hiperfeliz no se da cuenta de lo débil y peligroso de semejante planteamiento: Hitler, Stalin y Hussein quisieron ser "felices" a toda costa, y miren lo que hicieron con sus pueblos y buena parte de la humanidad. Un psicópata intentará también satisfacer su sed de felicidad y ejecutará las más abominables y horrendas acciones. ¿Qué puede decir un hiperfeliz al respecto? ¿No ve entonces cómo contradice su pseudo-filosofía? No: es un planteamiento demasiado "enrollado" o "negativo" como para entrar en su sistema.

Aquí vuelvo a aclarar, en caso de que se haya olvidado, que la búsqueda de la felicidad en sí es un bien encomiable y noble, pero recuerden que para el hiperfeliz la "felicidad" es un producto muy alejado del sentimiento original, que si bien es difícil de definir, claramente es más complejo y profundo que la banalidad prefabricada que nos quieren vender hoy en día. La felicidad como sentimiento de sutil plenitud, de serenidad y aceptación de la existencia no es popular en la época de la hiperfelicidad, y permanece secuestrada, acaso aplastada, entre la euforia de los hiperfelices que, como he dicho antes, consiste esencialmente en hacer sin pensar, tener sin entender, lograr sin querer y consumir, consumir, consumir.

Con sus frenéticas exigencias y necesidades implantadas, la hiperfelicidad se convierte, para mayor ironía, en una de las más peligrosas matrices de infelicidad de nuestra época. Cada vez son más los individuos frustrados y descontentos ante su existencia por no cumplir este "deber ser" que les han vendido como lo que es deseable, lo que es valorado y lo que es correcto. Es posible que esta corriente haya existido desde mucho antes de nuestra época, pero otro "hiperismo", la hipercomunicación - de la cual quizá escriba otro día - le ha dado un poder quizá demasiado grande a los hiperfelices de propagar su corrosivo estilo de vida.

Una de las obras que más me ayudó a reconocer el velo de la hiperfelicidad fue, cómo no, "Un mundo feliz" de Aldous Huxley. En el futuro distópico pintado por el autor, la gente del mundo civilizado depende de cierta droga para silenciar las angustias de la existencia: la fealdad, la enfermedad, la vejez, el dolor y el sufrimiento. El mundo feliz de Huxley nos pinta una sociedad de castas irrenunciables e inamovibles, espeluznantemente vacía, completamente banal y finalmente estúpida a pesar de su avanzada tecnología.

Se trata de un mundo cuya gente más pudiente vive entre placeres artificiales y vanos, se escandaliza e impresiona cuando encuentra y enfrenta el hecho de que ser humano va más allá de la búsqueda de placer, y que una vida constituida solamente de momentos felices no es más que un engaño plástico e insustancial. Quitando muchas de sus pinceladas de ciencia-ficción (aunque algunas podrían materializarse en relativamente poco tiempo), considero que la pesadilla del Mundo feliz está más cerca de nosotros que muchas otras con más popularidad. La hiperfelicidad nos convierte en máquinas de deseos vacuos que reniegan de todo aquello que nos hace humanos. En el mundo hiperfeliz se esboza la inquietante sonrisa de quien ha dejado de pensar y sólo busca sentir.

Aunque la felicidad haya muerto, intentemos revivirla.


jueves, 22 de mayo de 2014

Venezuela frente al espejo

"La imagen más bella es absurda en un espejo cóncavo" - Ramón del Valle-Inclán

Venezuela se sienta, se peina. Contemplándose en un espejo roto, se acaricia la cabellera, antaño frondosa y brillante, ahora ya quebrada y maltratada. Sus uñas muestran restos de algún costoso esmalte que se ha mezclado con mugres verduscas; algunas de ellas revelan mordiscos de ansiedad, impulsos de angustia. Sobre ella reposa la corona, ¡la corona de su belleza! La gala, el aplauso, todo fue suyo alguna vez, y su corona así lo prueba. "Soy linda, soy la más linda de todas" se dice a sí misma en una voz que alguna vez fue de colorida guacamaya y ahora es de sombrío zamuro. Aunque la corona está oxidada y le hace daño a su cuero cabelludo, nunca se la quita.

Venezuela, sentada, se maquilla. Un viejo estuche de necessaires contiene brochas y pintalabios gastados que se esfuerza por exprimir y aplicar en su rostro, ya no sabe si arrugado o herido, o quizá sean las dos. No hay suficiente maquillaje para los moretones de sus mejillas, y de lo que fue una espectacular sonrisa hoy queda sólo una grotesca orgía de caries y placa dental. "Soy linda, soy la más linda de todas", se dice de nuevo a sí misma, juntando los labios para evitar verse los dientes.

Venezuela es pobre. Se le acabó el chorrito de viscosos dividendos. Los barcos petroleros con nombres de concursantes ya no le sirven para nada. A veces recuerda el llano, su infancia sencilla y agraria, y también los lujos que le trajeron las refinerías, las ciudades, ahora villas de miseria. ¡Qué buenos tiempos! ¡Qué lindas joyas, qué lindos centros comerciales! ¡Ta'barato, dame dos! Nunca pidió maestros; ¿para qué? Todos le dijeron que no los necesitaría, que a las princesas no les tocaba trabajar ni estudiar; basta un noventa-sesenta-noventa. Así creció, desdeñando el trabajo, estrenando vestidos, desconociendo el esfuerzo y canturreando: "soy la más linda, la más linda de todas".

Venezuela se levanta con dificultad. Desfiló todos los vestidos de todos los diseñadores, pero de aquello sólo le queda un harapo que no ha lavado en semanas por falta de agua. Igualmente lo luce y hace una reverencia a su audiencia imaginaria. Una morisqueta delirante pasa como ráfaga por su rostro, y una comparsa de gestos la hacen revivir tiempos de paparazzi, entrevistas, banquetes y fiestas. "Soy linda, soy la más linda de todas", se repite dando vueltas y apretando con fuerza su roída banda de Miss Universo.

Venezuela camina hacia el balcón. Sus piernas fueron la envidia de los concursos; sus curvas eran la silueta del deseo, el trazo de la belleza. De ellas no queda más que dos raquíticas y rasguñadas tibias que apenas y pueden soportar el resto de la fofa fisonomía. Avanza de puntillas con sus pies soñadores que, imaginando tacones ya perdidos, la hacen asomarse al balcón del rancho que ella confunde con hotel de cinco estrellas. "¡Soy linda, soy la más linda de todas!" grita hacia la miseria, y los transeúntes evitan dirigirle la mirada.

Venezuela está cansada. Encandilada por la inclemencia del trópico, vuelve a su paupérrimo aposento y se postra en una cama que le rechina antiguos pecados. Se toca, intentando recordar qué era el cariño, pero sabe bien que sólo conoció la lujuria. Recuerda a sus amantes: los caballeros de broches blancos, corbatas verdes y boinas rojas a quienes regaló sus riquezas. Recordando sus promesas, sus regalos y cortejos, los visualiza, los imagina y les pregunta dudosa y melancólica a sus espectros: "¿soy la más linda? ¿soy la más linda de todas?"

Venezuela calla. En un silencio que todo lo dice, se oye el rugir de su estómago, antaño plano y esbelto de dietas y ejercicio, hoy enfermo e hinchado con las lombrices del hambre. Resignada a no comer - ya gastó su cuota del mes - posa su cabeza sobre sus temblorosas manos y cierra sus arrugados párpados buscando conciliar un descanso que ya parecía haber huido para siempre. Logra un breve sueño en el cual se alimenta de caleidoscópicas visiones que entre bailes y entrevistas le recuerdan con entusiasmo: "¡Eres la más linda, la más linda de todas!".

Venezuela duerme. Viéndola bien, su sueño se parece mucho a la muerte. Si no fuera por una imperceptible pero constante respiración, la asumirían muerta. Maltrecha, sucia y enferma, Venezuela se toca el vientre. Debajo del deterioro, hay en él otro ritmo, otros latidos. Parece increíble que aún haya vida en la sequedad y fealdad de la patética Venezuela: un nuevo corazón que late a pesar del hambre y la peste, a pesar de haber sido engendrado por quienes violaron su fertilidad. Nuestra triste figura se soba esa barriga que no sólo está hinchada de lombrices sino de su última esperanza. Con la carrasposa voz de la pobreza, le dice a la criatura que contra todo pronóstico crece dentro de ella: "soy tu madre, la más linda, la más linda de todas".

Venezuela piensa. La incertidumbre de su futuro la desespera, y no porque tenga miedo a perder algo, ella que ya lo ha perdido todo. No, ella teme perder lo único que queda de ella que no ha sido aún tocado por la desgracia, su última posibilidad, su última esperanza. Ya ha parido antes, pero hace mucho que no ve a sus hijos. Uno le salió empresario y no le dejó ni una locha antes de irse avergonzado de ella a otro lugar; otro le salió delincuente y quién sabe dónde andará, o si vive aún. No sabe cuánto más aguantará, y mucho menos cómo hará para mantener a esta nueva criatura, vástago de la crisis y ahijado de la tragedia. En un gutural susurro, le dice a quien vive en su panza: "quiero que seas la más linda, la más linda de todas..."

Venezuela llora. Frustrada e incapaz de encontrarse solución y admitir su harapienta y mancillada figura, decidió confiar en las mentiras del espejo roto, en sus torcidos recuerdos y en las píldoras rojas para interpretar su realidad. Acostada, la corona le pincha la cabeza y sangra un poco. Para disfrazar el dolor, tararea una canción que no se sabe si es marcial o de cuna, aunque todos en el país saben que es ambas y la misma. Cansada ya de la melodía patriótica, a Venezuela se le iluminan los espesos ojos y vuelve a sonreir en su delirante mueca. Para dormirse de nuevo, repite sin cesar: "en una noche tan linda como ésta, fui yo la más linda: la más linda de todas..."






domingo, 18 de mayo de 2014

Nostalgia dominguera: el terreno de la calle Marte

Anoche soñé que caminaba por el Trigal, esa urbanización valenciana que recuerdo por su resplandor de atardecer, por el ruido de sus heladeros y por las matas de mango que parecían saludar a quien transitaba por sus tranquilas aceras. Su silencio después de almorzar es uno que aún evoco cuando veo una calle callada, y el cantar de los sapitos en la noche es un sonido que será para siempre un viaje instantáneo a mi niñez. Nuestra primera casa en Valencia quedaba en la calle Marte, que como gran parte del Trigal, era una sucesión de casas al estilo italiano: quizá algo anticuadas o viejas pero orgullosas y acicaladas, como señoronas que se arreglan antes de ir a jugar cartas en el club.

Convenientemente, mi guardería - luego preescolar - no quedaba sino a dos o tres casas de distancia, haciendo posible caminar con mi mamá o mi abuela hacia y desde él. "Santa Rosa de Lima" se llamaba esa escuelita, y no era más que una de estas simpáticas casas acondicionada lo suficiente como para albergar varias decenas de niños gritones y llorones que día tras día ponían a prueba la paciencia de sus cuidadoras y maestras.

Algo tiene la nostalgia que puede hacernos añorar los lugares más triviales, y se dio que en mi paseo onírico por la calle Marte me detuve frente al terreno vacío que quedaba justo enfrente a la escuela de mi infancia. Era un lote en el cual pudiesen haber cabido unas cuatro quintas como las que ocupaban el resto de la calle, pero quizá con la intención nunca cumplida de hacer un parque o una plaza, fue dejado desnudo con sus árboles y su tierra, como ha permanecido incluso hasta hoy. A través de él se podía ir de la calle Marte a alguna con otro nombre de planeta, no sé bien si la Tierra o Júpiter. Ya que el preescolar no disponía de un jardín muy grande, en ese terreno practicábamos gimnasia cuando éramos pequeños, y también lo utilizábamos a veces para esperar que nuestros padres pasaran por nosotros al mediodía.

En ese terreno se originó (¿o acrecentó?) mi fobia a los bachacos, una que hoy puedo ubicar como una primera señal de mis ansiedades irracionales. Sin duda alguna, el episodio más memorable que viví en el terreno de la calle Marte fue el quedarme anonadado al ver que una de las muchas iguanas que poblaban los árboles decidió bañar al pobre Manuel Gerardo Laurentín con su líquida excreción. Aún recuerdo la expresión de su rostro, su impavidez y nuestra sorpresa infantil al ver que la naturaleza se podía cagar en nosotros. Ya de adulto me doy cuenta de que nosotros los hacemos más que ella. Aunque sé que es primo de una amiga, más nunca supe qué fue de Manuel Gerardo, al igual que muchos otros estudiantes del Santa Rosa de Lima, pero forma parte de esos nombres que se quedan flotando en mi cabeza, como fantasmillas de tiempos pasados.

También recuerdo mi celebración de cinco años, en la cual mis padres instalaron un toldo, adornaron con globos y payasos el humilde terreno e invitaron a mis amigos del preescolar y a nuestros familiares y allegados a celebrar conmigo. Hay fotos muy bonitas del momento, el cual tiene la particularidad de haber sido el único cumpleaños - y una de las contadísimas veces en más de una década que vivimos en Valencia - en el cual recuerdo que nos visitó familia del lado de mi padre. Parece mentira, pero a muchos les he visto más aquí en los Estados Unidos que en el estado Carabobo. Así son los guiños de la vida, supongo.

En mi sueño, andando por la calle Marte, me detuve en el terreno y no recuerdo haber visto iguanas ni bachacos. Sé por mis últimas visitas que hace tiempo ya que el preescolar no funciona, pero su casa aún sobrevive y si mal no recuerdo fue pintada totalmente de blanco, cuestión que me incomodó un poco las veces que pude pasar por allí. En fin, que el terreno seguía igual de vacío que siempre, y la brisa aún susurraba secretos añejos a los árboles, siempre encantados ante el dorado atardecer del Trigal.

Y en medio de mi añoranza, el yo que soñaba pareció repentinamente consciente de que vivía un sueño, y sintió unas ganas terribles de quedarse allí, aún sabiendo que en unos pocos segundos se despertaría y lo único que podría hacer para preservar ese instante sería escribir este texto.


martes, 22 de abril de 2014

Loa a María

Si a mi niñez sabor le pusiera
quizá a galleta a mí me sabría;
pero no a Oreo o alguna otra,
sino a la humilde y rica María.

Lo que les digo no es propaganda,
no es cuña chimba ni comercial;
son reflexiones que la nostalgia
con sus susurros me hace notar.




domingo, 20 de abril de 2014

¿Me llamaría cristiano?

"No juzguéis a los demás si no queréis ser juzgados. Porque con el mismo juicio que juzgareis habéis de ser juzgados, y con la misma medida que midiereis, seréis medidos vosotros." (Mateo 7:2)

Podría llamarme cristiano cuando obro sin egoísmo, buscando ayudar a mi prójimo e intentando con mis acciones crear un mundo mejor. Me llamaría cristiano cuando busco entender al que me ataca y trato de conseguir una salida pacífica de mis conflictos. Podría también llamarme cristiano si no permito que mi ego me haga creer mejor que los demás, si creo que un carpintero podría tener tanta o más razón que un sacerdote o un emperador.

Podría llamarme cristiano cuando comparto un trozo de pan y un poco de vino con un amigo hambriento. Me podría llamar cristiano cuando los problemas de la humanidad atormentan mi descanso, y me angustia que nunca podamos entendernos. También me llamaría cristiano cuando señalo sin temor lo que considero injusticias del mundo, aunque se me acuse de loco o hereje.
No me llamo cristiano porque no creo que todos nacemos en pecado ni que hay una sola verdad, inmutable, incuestionable y excluyente. No me llamo cristiano porque no creo que toda la miseria humana sea parte de un plan divino de un dios caprichoso y exalta la privación y el sufrimiento como la única manera de encontrarlo. No me llamo cristiano porque no pretendo que mi fe sea la única portadora de la verdad, ni creo en que una sola fe encierre todas las verdades de la existencia.

Tampoco me llamaría cristiano, porque resiento la pompa y circunstancia de una religión más ocupada en construir templos y adoctrinar feligreses que en crear pensadores libres y de valor para un mundo necesitado en aceptación y tolerancia. No me llamo cristiano porque dudo mucho que el cielo sea un sitio que refleje la burocracia de las mentes humanas y que dios se ocupe más de ver a cuántas misas hemos ido que de cuántos niños no han comido en el mundo o mueren en las guerras. No me llamo cristiano porque no considero maligno a lo diferente, ni temo a que el paso del tiempo nos descubra nuevas verdades sobre nuestro lugar en el universo.

No me llamo cristiano porque no creo que para ser buena persona se tenga que ser religioso. No me llamo cristiano porque lo más importante de las enseñanzas de Jesús no está en cómo nos llamemos ni qué o cuántos rituales practiquemos, sino en lo que hagamos por ayudar a la humanidad a salir de los laberintos en donde aún deambulamos.



lunes, 14 de abril de 2014

Destierro

Puedo
evocar los momentos más inútiles.
Los instantes de irrelevancia
que conforman
mis nostalgias.

Muchos
apoyaron mi partida:
alejarme me llevaría
a aquello que llaman
éxito.

No sé
si fue bueno o malo;
el bienestar que poseo
tuvo un precio muy
caro.

Pasa
el tiempo y sus torbellinos,
pero mi afán de recordar
no se detiene
nunca.

Siento
un enorme vacío
rodeado de cachivaches
absolutamente vanos,
inútiles.

Vibran
las cuerdas del alma
cuando escucho las canciones
que invocan viejas
imágenes.

Extraño
todo lo que alguna vez
di por hecho, por normal;
me hace falta
mi vida.

Transito
un camino en desgano:
conozco viajeros nuevos
pero volteo hacia atrás 
y lloro.  

Soy
un fantasma que sonríe,
un payaso hilarante
engañando lamentos con
risas.

Duelen
la indiferencia del olvido
y los silencios
del exilio.


martes, 4 de febrero de 2014

Hoy es cuatro de febrero:

Hoy es cuatro de febrero del 2014, una fecha que pasa desapercibida en muchos lugares del mundo pero contiene hechos importantes en la historia que van desde la fundación de la red social Facebook hasta la elección de George Washington como presidente de los Estados Unidos. Para los venezolanos, sin embargo, esta fecha tiene una especial resonancia, pues conmemora dos décadas y dos años desde que un grupo de militares atentaron contra el gobierno - democráticamente electo, señalarían enfáticamente algunos hoy, quizá para darle legitimidad a pesar de sus defectos, porque lo que es igual no es trampa - de Carlos Andrés Pérez.

Yo tenía apenas siete años en aquel momento (en realidad estaba a una semanas de cumplirlos, pero para efectos de este escrito, da lo mismo), así que mi vivencia del momento no se remitió a mucho más que a tener un día sin escuela y ver montones de aviones sobrevolar el cielo de la verde urbanización valenciana donde vivía en ese entonces.

A pesar de ser un niño de primero o segundo grado, recuerdo bien aquel momento: sentado con mis padres en el balcón de mi casa, viendo un televisor que mostraba imágenes que iba desde ciertos militares uniformados hasta un repetitivo video de una tanqueta desmoronando una pared del palacio presidencial. Dichas imágenes son bien conocidas hoy día; podría incluso decirse que forman ahora parte de nuestra historia contemporánea y nos permiten marcar un claro punto de origen a los traumas que hoy sacuden a Venezuela. Con lo anterior, cabe aclarar, no quiero decir que todos nuestros problemas se hayan generado espontáneamente a partir del golpe de estado del 4 de febrero, pero sí está claro que fue un momento clave para agravarlos. Pienso que el cuatro de febrero convirtió el descontento en ira, y el resentimiento en venganza.

Todos sabemos que uno de los elementos más importantes del 4 de febrero tiene - tuvo - nombre y apellido: Hugo Chávez. A pesar de ser una subversión de numerosos oficiales del ejército, muchos de los cuales son prominentes figuras del escenario socio-político venezolano, aquel teniente coronel que declaró ante las cámaras que "los objetivos no han sido cumplidos... por ahora..." obtuvo un beneficio sustancial de su derrota televisada: se convirtió en un ídolo popular.

Por un proceso social simultáneamente simple y complejo, Chávez obtuvo en aquel momento mucho más que los quince minutos de fama que predijo Andy Warhol: se convirtió en la encarnación de los ideales populares. Similar a las aves que conservan en sus mentes la imagen de la primera criatura que observan al nacer, un importante sector de Venezuela vio en Hugo Chávez una figura que encarnaba el cambio que ellos deseaban. Esto, sumado a la amplia tradición caudillista que aún hoy impera en el subconsciente venezolano, permitió que aquel militar golpista se convirtiese en el presidente más controversial de la historia reciente venezolana, uno que se tatuó en tal nivel dentro de la psique nacional que pudo, frente a nuestras mismas narices, alterar básicamente todo aquello que definíamos como "Venezuela".

Pero no estoy acá para hablar de Chávez, aunque éste sea un elemento clave en los hechos del 4-F. No me cabe la menor duda que si el que se hubiese anunciado en televisión hubiese sido Perico de los Palotes, entonces el párrafo anterior trataría sobre Perico de los Palotes. La verdad no sé bien para que estoy acá aparte de desahogarme un rato, pero puedo decir que me interesa más hablar de una visión más global, o lo que los gringos llaman "the big picture". A tantos años de la fecha que hoy se conmemora, ya es posible - y necesario - establecer relaciones claras entre lo que aconteció entonces y lo que acontece ahora.


Es importante tejer esas conexiones, pues los venezolanos somos víctimas de una enseñanza histórica demasiado fragmentada como para comprender cualquier cosa relevante sobre ella. Toda nuestra concepción histórica es como un rompecabezas incompleto que guardamos en una caja y no queremos armar más: una fecha por aquí, una batalla por allá, y se sale uno de bachillerato sin saber cuáles fueron las repercusiones de las campañas de Bolívar en el desarrollo futuro del país, o de por qué Páez muere en Nueva York y Miranda en la Carraca. En fin, que la historia icónica, monolítica y fragmentada nos hace ingenuos e incautos, y hoy vemos el cuatro de febrero con simplismos al extremos: los chavistas lo celebran como el nacimiento de un Mesías y los opositores le escupen y lo niegan como una fecha innombrable. Yo considero necesario contemplar al 4 de febrero con la solemnidad y tristeza que merece todo estallido social producto de un descontento genuino.

Uno de los descuidos más grandes de la Venezuela actual es la de creer que las fuerzas que elevaron al chavismo al poder, comparable a otras en la historia como la herida Alemania pre-Nazi o la pisoteada Rusia de los zares, no tienen una justificación histórica. La tienen, pero el problema radica en que no se canaliza constructivamente el descontento, sino que se convierte en vehículo del populismo y la prolongación de la pobreza. El pueblo, como un trágico ascensorista, cumple inocentemente su labor de llevar hasta lo más alto del poder a demagogos y estafadores para luego volver de nuevo a los oscuros sótanos de la miseria.

El cuatro de febrero prometió revolución, pero sólo lo ha sido en el sentido más destructivo de la palabra. No hay nada de revolucionario en quienes denuncian el engaño para luego cometerlo, no hay nada de revolucionario en quien reclama injusticia para luego patrocinarla. No hay nada de revolucionario en rechazar el imperialismo y dejarse colonizar por las ideas de Fidel, ni el que dice repudiar la corrupción y saquea a la nación más que ningún otro. No hay nada de revolucionario en quien sólo concibe que la igualdad del pueblo sea en la miseria, ni hay nada de revolucionario en quien promete salvar al pueblo y lo condena al hambre y al hampa.

Hoy siento que nuevos peligros acechan nuestro porvenir nacional: el resentimiento sigue siendo el gobernante con mayor poder en el país, ya no controlando solamente a los que en algún momento apoyaron al chavismo, sino a quienes han recibido tantas bofetadas sociales de manera gratuita, sólo por pertenecer a clases sociales distintas. Los marginadores convertidos en marginados, paradoja constante de extremistas ideológicos sin conocimiento de la ideología. Veo una idiosincrasia que, sin distinguir clase social ni partido político, se va llenando de violencia e ignorancia: el otro es malo, el otro no tiene razón, el otro no debería existir.

"Chavista". "Escuálido". "Te odio, niche". "Maldito sifrino". "Burgués". "Comunista". Y la morgue de Bello Monte llena, y el malandro que nos mata sin preguntarnos por quién votamos.

Cazando a la quimera de la igualdad, lo que se ha logrado en Venezuela es resaltar las diferencias, que no son tantas como creemos, pero que vistas desde los espejos cóncavos que nos presentan los discursos políticos así lo parecen. Veo a un país al que le enseñaron que debe buscarse en Cuba y a otro que se escupe a sí mismo y quiere ser Suecia, Canadá o Australia; cualquier cosa menos Venezuela. Mientras tanto, el caos impera y el petróleo sigue fluyendo, hundiéndonos en el viscoso mar de nuestros desatinos.

Hoy es cuatro de febrero, y a pesar de haber sido un niño hace veintidós años, contemplo ésta como una fecha trágica de implosión social, cuyo eco hoy vivimos y padecemos. Matriz de muerte, exilios y miserias, sufrimiento e ira de un pueblo mordisqueado por una víbora de ponzoña inagotable.