sábado, 3 de diciembre de 2016

Polvoriento Cachivache: "El mejor país del mundo"

A pesar de haber sido escrito en algún momento del 2014, este escrito nunca vio la luz de este abandonado ático de elucubraciones. Debo admitir que no quería escuchar muchas opiniones al respecto así que después de escribirlo, solo lo guardé - como la mayoría de mis escritos - para mí mismo. ¿Temor, pudor, síntoma de la constante maña de ser políticamente correcto? Quizá; quién sabe. 

Lo cierto es que mucho ha ocurrido desde entonces para los venezolanos, y los problemas que me motivaron a escribir esto siguen igual de vigentes. Hace unos días compartieron conmigo una entrevista del historiador venezolano Germán Carrera Damas que, entre otras cosas, me dio los ánimos de publicar este polvoriento cachivache, gústele a quien le guste.

Aquí va. Saludos.

Reconociendo de antemano su esencia falaz y exagerada, tomemos por un instante como cierta la muy propagada  afirmación "Venezuela es el mejor país del mundo". En sí misma, esta (infantilísima) frase surge como un dardo de positivismo en medio de lo que ha sido una turbulenta era en la cual el venezolano ha experimentado las más intensas y diversas emociones hacia su país. Quienes me conocen saben que soy acérrimo enemigo de la antítesis de esta frase, igualmente propagada y popular entre muchos venezolanos, "Venezuela es una mierda", pues la considero una matriz de complejos e inmadureces que solo perjudican nuestra idiosincrasia.

De cualquier modo, volviendo a lo de Venezuela como mejor país del mundo, quienes profesan y propagan esta bonita (e infantilísima, insisto) expresión como búsqueda de un reencuentro de la gente con nuestra patria tricolor se apoyan en el sinnúmero de bellezas naturales que tiene nuestra tierra como justificativo: un clima privilegiado, playas caribeñas paradisíacas, lo mismo picos altos y nevados que voluptuosas dunas que desembocan en exuberantes costas, ¡la selva, el Salto Ángel! ¡Tepuyes, guacamayas! En fin, el portafolio de bellezas de nuestro país es el principal motor detrás de la frase que hoy desmenuzo, y es algo incuestionable que solo un incauto pondría en duda.

Hay elementos adicionales en esta "hoja de vida" que hace a muchos aseverar que Venezuela es el mejor país del mundo. Cuestiones como la belleza de sus mujeres, lo bueno de su cerveza, los sabores de sus alimentos y su virtualmente inagotable reserva de riquezas naturales que van desde el petróleo hasta el uranio enriquecido. "¡Es el mejor país del mundo!" insisten muchos al evaluar el no modesto repertorio de riquezas que ostenta la tierra comprendida entre nuestras fronteras, y yo, hasta cierto punto, estoy de acuerdo con ellos, pero hago una importante aclaración que no a todos les gusta admitir: así tengamos el mejor país del mundo, no somos ni por asomo (y no es que tal cosa exista, ojo) la mejor nación del mundo.

Son muchos quienes utilizan los términos país y nación cual si fuesen sinónimos, pero las distinciones por definición son precisas e importantes. Un país es una cuestión geográfica - de ahí los "paisajes" y los "paisanos" - que puede cambiar con el paso del tiempo, apareciendo y reapareciendo a lo largo de la historia. 

Miremos el caso de Polonia, que como país no existió propiamente desde los tiempos de Catalina la Grande hasta la caída del imperio austro-húngaro; ¡cómo lucharon los polacos por tener su país! Intentaron rebelarse, apostaron a que Napoleón les ayudaría pero no les salió bien la jugada; cuando al fin tienen algo de suerte les caen los alemanes y luego el estalinismo. En fin, se las vieron en los mil y un apuros para tener un país, pero siempre tuvieron una nación. He ahí la diferencia: los pueblos pueden en ocasiones verse sin país por asuntos geopolíticos, pero la nación no tiene nada que ver con ellos.

Es importante destacar que el caso contrario también existe: la trágica historia de Yugoslavia nos muestra como un país puede existir sin poseer una cohesión entre sus integrantes que permita la creación del admirable y fortísimo lazo que les permite llamarse nación. Porque nación son también los judíos, despojados por tanto tiempo de un estado al cual llamar "país", y al cual defienden hoy día con un fervor que a veces roza en el absurdo pero que es entendible desde el punto de vista que comprende todo lo que ha luchado esta nación por poseer un pedazo de tierra al cual considerar su patria.

La nación venezolana es - y si no es, creo firmemente que debe ser - entonces el principal asunto de interés durante los tiempos que vivimos. De ella parten nuestros problemas: no son problemas materiales. Algunos de los que hemos tenido que abandonar la tierra que llamamos nuestra nos vemos con frecuencia cayendo en abismos de reflexiones y frustraciones sobre nuestra propia identidad y origen. 

Aquí van algunas, como ejemplos de lo que intento explicar.

Hay quienes se avergüenzan de decir que son de Caracas por los complejos que le inspiran ciudades más prósperas de naciones más desarrolladas; hay también quienes desdeñan de cualquier lugar en el extranjero, pues aseguran, y aquí repito la frasecita que motivó estos párrafos, que Venezuela es el mejor país del mundo. También debe escucharse la voz de muchos inmigrantes que por diversas razones se vieron alejados de sus países de origen y en Venezuela hallaron esperanza y prosperidad. Muchos de ellos también aseguran que la tierra que los albergó es el mejor país del mundo.

¿Cómo se puede tener entonces el mejor país del mundo y una nación que deje tanto que desear? Bueno, para eso hay que cavar hondo en el terreno de nuestra muy poco analizada historia, esa que estudiamos para pasar un par de materias en primaria y secundaria pero realmente no abrazamos como nuestra ni nos molestamos en repasar para buscar respuestas a nuestras situaciones. Pero la historia es maestra paciente, y suele esperar todo lo que sea necesario para que sus tercos alumnos entiendan al fin la lección.

El asunto es que hay que remontarnos a la premisa de que nuestro proceso de colonización, aunque comparte casi todas sus facetas con la historia de nuestros países hermanos, tiene rasgos particulares que hicieron muy difícil la creación de una identidad venezolana desde un principio. Los prejuicios españoles nos dejaron una sociedad fragmentada en castas y etiquetas que podrán haber cambiado de nombres a lo largo del tiempo, pero nunca desaparecieron por completo.

El estudio de la diversa terminología racial utilizada en tiempos coloniales para designar a un individuo según su origen demuestra que el mestizaje del cual tanto nos enorgullecemos (nos jactamos de ser un pueblo eminentemente mestizo) tiene líneas muy marcadas  que aún hoy día algunas familias, ya sea por alcurnia o por fruslería, insisten en recordar. Total, que somos una nación traumada racialmente que finge frecuentemente haber superado ese episodio; ¡mentira! Son muchos los que aún buscan "blanquearse" o los que presumen de tener abuelos con ojos claros o de decir que el niñito le salió rubio; el clasismo y el racismo están tapados en nuestra historia moderna, pero no cuesta mucho verles las patas.

A este punto creo necesario admitir que somos una sociedad que intenta vivir en tiempos modernos preservando su mentalidad colonial. Nuestra capacidad de crear y trasmitir prejuicios - y ojo, avispados, no me refiero únicamente a los de la "alcurnia" hacia la "plebe", sino también en sentido contrario - es asombrosa. 

En Caracas, por ejemplo, para algunos siempre será un tierrúo el que viva en el Oeste, y al mismo tiempo son muchos quienes consideran un sifrino a cualquiera que venga del Cafetal, por mencionar un par de cositas. Ni hablar entre las ciudades y pueblos: "¡Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebras!" es algo que muchos capitalinos piensan y repiten constantemente, pero tampoco falta el residente del interior  que considera al caraqueño un "creído" o un "esnob". ¿Qué nación se forja entre semejante caldo de resentimiento y prejuicio? La nuestra, por lo visto.

Y estos son apenas superficiales y relativamente inofensivos elementos que habitan en nuestra idiosincrasia. ¿Qué hacemos con los gérmenes que han contaminado nuestra nación y no solo son alarmantemente comunes sino que hay quien se siente orgulloso de ellos? La famosa "jodedera", la muy mal vista pero secretamente ejercida viveza criolla y la capacidad de reírnos de todo son alimañas con las cuales nos hemos acostumbrado a convivir. La actual nación venezolana acepta la vulgaridad, la grosería y el insulto como parte natural de su existencia. ¿Cómo forjamos una nación sólida y próspera cuando poseemos una idiosincrasia que exuda violencia verbal incluso en las situaciones más triviales? ¿Cómo toleramos esto y exigimos que terminen la corrupción, el guiso y el chanchullo?

Los tiempos actuales nos han demostrado, aunque algunos no se hayan puesto a analizarlo, cómo estas conductas destruyen lo poco que tenemos en común los venezolanos. El gobierno actual ha sabido aprovechar muy bien lo "folclórico" del venezolano para voltearnos cual toro en manga de coleo y dejarnos en lo que ha sido nuestra posición más vulnerable en siglos: víctimas de lo peor de nuestra idiosincrasia.

Otro ejemplo, un detallito: hasta hace poco, en los noventa, escuchar la música criolla era visto por el promedio de la sociedad urbana como algo de bajo nivel, risible ante la siempre europeizada o americanizada idiosincrasia. Los hornos de los tiempos actuales han podido templar un poco más nuestro acero de pueblo, y ahora la pérdida sufrida hace a muchos replantearse lo que significa Venezuela para ellos. Con frecuencia, la respuesta es la que representa el tema de estos párrafos: "Venezuela es el mejor país del mundo".

La nación venezolana considera su territorio como el mejor país del mundo porque dentro de sus fronteras las cosas se hacen y se dicen exactamente como se espera. Los venezolanos del exilio chocan contra elementos de los pueblos que les han dado asilo porque por vez primera en siglos de historia no son libres de comportarse como lo hacen en su país. ¿Y quién soporta los excesos y abusos de la nación venezolana? Nadie. Ni siquiera en lugares como Doral, Estados Unidos, donde lo único que falta es un arco dando la bienvenida con nuestra bandera para considerarnos una especie de Chinatown venezolano, se pueden ignorar cuestiones que parecen ser opcionales en Venezuela, como las leyes de tráfico o la música a todo volumen a altas horas de la noche, las restricciones para la venta de alcohol, entre muchas otras cosas.

Es la nación venezolana la responsable de todo aquello que afecta al país. El país venezolano sigue siendo el esplendoroso territorio de cataratas, petróleo y playas paradisíacas que siempre ha sido. Es una maravilla. El país venezolano sigue existiendo como siempre lo ha hecho, pero la nación venezolana se ha deteriorado hasta llegar a ser irreconocible para quien la hubiese visto por última vez hace una década. La corrupción, el cinismo, el crimen, todos estos son elementos que corresponden a la nación venezolana, dividida y enemistada consigo misma sin darse cuenta de que esa tirria solo  la perjudica a ella misma.

La otredad ha sido perdida por completo; el "otro" es siempre el culpable de las desgracias. El abismo más grande abierto en nuestra nación desde la época de los realistas contra los criollos decidió (y nos comimos el cuento) que hay dos tipos de venezolanos: uno que apoya al gobierno y otro que no. Desde esta profunda grieta han brotado las alimañas que hoy carcomen lo que en doscientos años intentamos hacer para tener un pueblo - elemento que constituye tanto estado como nación - digno y decente. Aunque se haya cometido muchos errores, esto no justifica el atentado que la nación venezolana ha ejercido contra sí misma durante los últimos quince años.

Ya buscar el culpable resulta un esfuerzo inútil; ¿qué solucionaríamos si dijésemos que tal o cual partido político es el responsable de nuestra división, de nuestra miseria? Como he dicho anteriormente, y si no lo he dicho claramente ahora lo recalco, los elementos cruciales para permitir una manipulación que haga que un país se divida no son implantados por ningún partido político: son explotados, si acaso, por quien sepa reconocerlos. Todo lo que exacerbaron estos tiempos estuvo entre nosotros calladito, disimulado, pero estuvo allí, sin solucionarse, a merced de un demagogo que supiera usarlo a su favor.

La receta de las revoluciones es sencilla, y sus ingredientes comúnmente encontrados en países que aún no han cobrado consciencia de sí mismos. Como naciones jóvenes, somos susceptibles a pestes como la actual. La verdad debe admitirse, y es que ya teníamos una buena parte de la nación resentida por sentirse excluida y marginada de las bondades que el otro sector disfrutaba. Lo que sí debe decirse es que es una nación incauta la que permite que dentro de sí misma existan dos o más naciones, especialmente si una sufre mientras la otra goza. Esa es la receta del desastre.

De cualquier manera, creo que ya a estas alturas queda claro que más que tener "el mejor país del mundo", nuestra prioridad debe ser convertirnos en una nación sólida y dejar de buscar excusas en nuestros complejos ni tapar el sol con un dedo con un facilismo de la talla de la frase que inspiró estas letras. Ojalá algún día, y a pesar de lo infantil de la frase, podamos al menos tener razones para exclamar que Venezuela es, no tanto la mejor nación del mundo, que sería tontería hablar de eso en esos términos, sino una nación próspera que se encamina hacia su éxito. Ojalá.



sábado, 21 de noviembre de 2015

Un año sin cachivaches

El epígrafe de lo que hasta ahora era el último post de este blog es la frase de Vallejo sobre los golpes se reciben en la vida. Hace más de un año, un golpe arrasó con mis pensamientos y me alejó del cachivachero. Son muchas las reflexiones e ideas que he tenido en este año, pero en ninguna me había sido otorgada de nuevo la llave hacia los cachivaches. Hoy, después de un año, es que me animo a forcejear la cerradura e intentar de nuevo abrir esta puerta. Espero que siga abierta por un buen tiempo...

martes, 4 de noviembre de 2014

¿Dónde estás, Andrés?

"Hay golpes en la vida, ¡yo no sé!..." Vallejo

- ¿Dónde estás, Andrés?

- En planta baja, jugando...

- ¿Dónde estás, Andrés?

- En el dos, almorzando...

- ¿Dónde estás, Andrés?

- En el cuatro, estudiando...

- ¿Dónde estás, Andrés?

- En el ocho, conversando...

- ¿Dónde estás, Andrés?

- En el uno, trasnochando...

- ¿Dónde estás, Andrés?

- En la clínica, luchando...

- ¿Dónde estás, Andrés?

- En mi casa, pensando...

- ¿Dónde estás, Andrés?

- En las nubes, descansando...




viernes, 31 de octubre de 2014

La Alternativa

Y ocurriósele al poeta
en medio de su despecho
que para el amor deshecho
tendría una alternativa:
"¡Basta de esta lavativa!"
se juró fuerte a sí mismo,
y alzándose sobre su abismo
obligó a su mente esquiva
a escribir de sus dolores,
miserias y desamores
para declararse al fin
libre de todo tormento.

Y aquí nos muestra este cuento,
como declara su pluma,
que cuando el dolor abruma
hay que tirarse al vacío
que las musas, para el frío,
han dejado de cobija:
¡libérate de tus clavijas
poeta triste y sufrido!
Escala y duerme en el nido
que sólo el arte te brinda:
porque aún la vida es linda
aunque la veas sombría.


jueves, 30 de octubre de 2014

Juan Talavera

"Eram quod es, eris quod sum" 

Yace aquí Juan Talavera,
caballero refinado,
mas de él la calavera
es todo lo que ha quedado.

Aunque señora inclemente,
temible y de mucho seso,
hoy la sempiterna Muerte
da a las almas un receso.

Aprovechando este día,
(y deseándolo más largo)
muy lleno de algarabía
sale Juan de su letargo.

Debajo de su elegancia
no hay corazón ni pulmón;
hueso puro en abundancia
y un espíritu gozón.

Se despide de su tumba,
viste sombrero y zapatos,
corbatín y un bastón viejo
para pasear por un rato.

Al salir del cementerio
se encuentra con un gran ruido:
"El progreso, ¡asunto serio!"
dijo, no tan convencido.

Con el desdén de los muertos
se sumerge en la hecatombe,
y con ojos que son tuertos
observa el mundo del hombre.

Busca primero placeres
que disfrutó alguna vez:
apuestas, canto, ¡mujeres!
y unas copas de jerez.

Pero ve con desencanto
que todo lo que anhelaba
no se consigue ya tanto
como lo que él esperaba.

Los deslumbrantes casinos
de jueguitos digitales
le resultaron cansinos
ridículos y artificiales.

Tampoco halló en el deporte
mucho de gran atractivo;
brutalidad sin gran porte:
un caos hiperactivo.

Queriendo escuchar orquestas
con músicos de envergadura
consiguióse gran basura:
¡melodías descompuestas!

Mujeres vio por montones,
y a todas las encontró bellas,
pero le preocupó ver varones
que no reparaban en ellas.

También le intrigó bastante
encontrar que a la belleza
le quitaron su talante
de divina sutileza.

En cambio sólo veía
por aquella gran ciudad
una estética vacía
llena de vulgaridad.

Contempló grandes fortunas
de riqueza incalculable,
pero de ellas solo algunas
le parecieron honorables.

¡Deambula Juan Talavera
vestido de caballero
viendo cómo nuestra era
se humilla por el dinero!

Sonríe su calavera,
aunque no tanto su ser,
al entender que este mundo
no para de enloquecer.

A Juan nuestro mundo actual
le resulta un gran entuerto
y admitió que ante tal
no era tan malo estar muerto.

Lo sorprende ya la alarma,
¡ya suenan las campanadas!
Terminan ya sus jornadas
y ha de volver: ¡vaya karma!

Termina ya su paseo
y regresa al camposanto
después de haber visto tanto
de lo sublime hecho feo.

¡Adiós, Don Juan Talavera
vuelve de nuevo a morirte!
Vuelve en un año y espera
que sepamos recibirte.

Y si no, no te preocupes,
que igual nos encontraremos:
pues aunque a muchos les asuste,
¡todos igual moriremos!



martes, 23 de septiembre de 2014

La vimos...

La vimos nacer, criarse a nuestro lado, y no hicimos mucho por impedir su paso. Era el niño que nos miraba desde un viejo y oxidado autobús atiborrado de gente en la hora pico, ese niño que con la nariz pegada al vidrio y ahogado entre sudores ajenos veía nuestro carro familiar y, mientras nosotros seguíamos hacia nuestras casas, se preguntaba en silencio por qué.

La vimos gestarse, germinar al lado de nuestros jardines, y no hicimos mucho por eliminarla cuando aún había tiempo. Era la jovencita que trabajaba a diario en nuestra casa y que tuvo que dejar el colegio para empezar a ganarse la vida, esa muchacha que entre coleto y escoba conocía cada rincón de nuestra casa y que, mientras nosotros subíamos a nuestras habitaciones, se preguntaba en silencio por qué.

La vimos pidiendo, mendingando en nuestra mesa y no hicimos mucho para permitir que se sentase a comer con nosotros. Eran los que se acercaban a nuestros restaurantes pidiéndonos algo y no recibían sino rechazo y prejuicio, alejándose en silencio mientras nosotros seguíamos disfrutando nuestra comida, preguntándose por qué.

La vimos crecer, alzarse frente a nosotros y no hicimos mucho por detener su crecimiento. Eran los habitantes de esos ranchos que fueron cubriendo las lomas y cerros que se veían desde nuestras casas y apartamentos. Eran aquellos que fueron arrimados al margen, y tan acostumbrados a la miseria, mientras nosotros seguíamos yendo al colegio y a la oficina, quizá pasaban su día preguntándose por qué.

La vimos molesta, acercándose a un extraño que se aprovechó de su inocencia, convirtiendo su tristeza en rabia y su ansiedad en reproche. Era aquel cuyo objetivo secreto fue condenarlos a su resentimiento, mientras nosotros seguíamos sin ver más allá de nuestras narices, ajenos al retumbante por qué.

La vimos reclamarnos, culparnos por su condición, y nosotros repetimos un sinnúmero de veces nuestra razón que poco a poco iba escuchándose más como excusa: "¡no hemos hecho nada, no hemos hecho nada!" . Y en verdad no habíamos hecho nada, y si nos preguntan, no sabemos bien por qué.

La vimos herirnos, absorbiendo y destruyendo todo aquello que valorábamos, sabiendo que era la mejor forma de rebelarse contra quienes ahora consideraba su opresor. Eran aquellos para quienes la bandera ahora sólo tiene el color de la sangre que reclamaban por sus generaciones de pobreza y ruina. Y entonces nosotros ya no podíamos evadirla y seguir hacia nuestras vidas, pues ellos encontraron un peligroso por qué.

La vimos muchas veces, en distintos lugares y en distintas formas, a la Miseria. Éramos nosotros, los incautos venezolanos que nos creíamos inmunes a las retribuciones de la historia mientras continuábamos en nuestro carnaval de güisqui y petróleo.

Y ahora, desde adentro y desde fuera, observamos lo que ha sucedido y en silencio, a veces buscando la respuesta, otras encontrándola y algunas más queriéndola ignorar, mientras contemplamos el ocaso de un país, nos preguntamos en silencio por qué.


lunes, 1 de septiembre de 2014

El mundo hiperfeliz

"Yo soy libre. Libre de divertirme cuanto quiera. Hoy día todo el mundo es feliz." - Aldous Huxley, Un mundo feliz (Cap. VII)

La felicidad ha muerto.

La terrible oración que flota por encima de esta línea no es solamente una frasecita incendiaria con el objetivo de capturar la atención de un lector. Es mi conclusión ante un mundo en el cual los sentimientos genuinos están siendo constantemente perseguidos para ser aniquilados con una inyección letal de banalidad. En este sentido, la felicidad ha sido víctima de un cruel castigo, y aunque muchos crean que está más viva que nunca, temo decirles que lo que hoy creemos que se trata de felicidad no es más que una deslumbrante pero hueca imitación de la original: la hiperfelicidad.

¿Por qué el "hiper" si se trata de una versión técnicamente inferior a la original? Principalmente porque ya nos es casi imposible distinguir entre lo que era y lo que es. Este parapeto que llamamos civilización cambia con frecuencia de nociones y conceptos, pero es en la época en la cual vivimos cuando más alcance tienen los delirios del ser humano, donde puede con más facilidad suplantarse un objeto o idea con una versión contrahecha y manufacturada. Todo lo anterior depende, claro está, de que haya suficientes personas para venderles o implantarles la idea. Algunos filósofos  - sobre todo Jean Baudrillard - han postulado que con el avance de la tecnología, poco  de diferencia habrá entre lo real y lo artificial, y distinguir entre ambas nociones nos será casi imposible.

Más allá de la espeluznante idea (vean The Matrix si les interesa el tema), las vidas humanas en estos tiempos de turbulencia posmoderna se desarrollan dentro de una burbuja de libertades aparentes, pero lo cierto es que los esquemas de hoy son muchísimo más rígidos que los de unos siglos atrás. En este particular, por ejemplo, cabe preguntarse ¿qué es la libertad para mucha gente? En su forma más representativa a nivel colectivo, la democracia, o la acción de meter un voto en una caja o computador para elegir un gobernante. Sin embargo, considerando factores como el capital invertido en campañas, las alianzas entre corporaciones y estados, ¿se trata realmente de una decisión genuina, espontánea, libre? Rara vez. Todos conocen que el sistema de campañas electorales se fundamenta en sus estrategias de persuasión de masas, y también se sabe que una masa informada capaz de analizar y criticar su realidad representaría el desmoronamiento de un sistema donde la libertad es una mera ilusión.

¿Y qué tiene esto que ver con la felicidad? Pues bien, pónganse nada más a pensar en sus vidas, o en las vidas de sus familiares, amigos o vecinos, todos individuos que en mayor o menor grado creen tener clara su idea de lo que es la felicidad. ¿En qué invierte su existencia la mayor parte de este conjunto en la sociedad "civilizada"? Las respuestas pueden variar entre el trabajo - el cual en sí mismo es el medio para obtener aquello que nos hará felices - , la búsqueda de placer - es decir, la felicidad en sí misma - o acaso el futuro de sus familias - en este caso, la felicidad de los suyos - ,pero incluso allí cuando creemos basar nuestras vidas en nuestros gustos, nuestras metas y nuestras decisiones, corremos el riesgo de caer sin darnos cuenta - o peor, sin importarnos - en una jaula de prejuicios e ideas falsas que nos alejan de nuestra idea de felicidad.

Se dan casos, por supuesto y por fortuna, de personas cuyo motor de felicidad proviene de su interior y cuenta, en la medida de lo posible (porque nadie está a salvo de los constructos culturales que conforman nuestra personalidad), con autonomía y autenticidad. Son preciadas mentes en un mundo de gente que prefiere seguir esquemas prefabricados que no se cuestionan sino que se adoptan a ciegas y porque sí, y si no se adoptan, se vive en constante infelicidad por no poderlos alcanzar. La sociedad en tiempos de hiperfelicidad actúa como una red corregidora de mentes "anormales" a las cuales se les rechaza y condena por ocurrírseles no cumplir con lo que establece la matriz de banalidad que brota de ella. El mundo hiperfeliz no puede tolerar que una persona no participe en sus euforias.

Un ser hiperfeliz intenta hacer de todo, probar de todo, ir a todo lugar y tenerlo todo, tanto como le sea posible. Más, más, más. Se esfuerza por lograr cumplir con la superficie de todas estas acciones, pero rara vez profundiza y medita sobre ellas. Un hiperfeliz viaja a un lugar, se retrata en él y brinca hacia otro en el cual sacar un nuevo retrato, pues ante todo un buscador de sensaciones: todo le emociona, todo lo quiere, pero no tiene tiempo para detenerse a pensar por qué lo quiere o qué es realmente la naturaleza de lo que desea.

Para los hiperfelices, toda incitación a profundizar sobre la naturaleza de un elemento es una pérdida de tiempo; analizar y cuestionar es "enrollarse" o ser "demasiado intenso". Y ay de quien se le ocurra presentarle a un hiperfeliz un pensamiento que no vaya coloreado del positivismo de cartón en el cual cree fielmente: ¡mala vibra! ¡nube gris! El hiperfeliz niega tanto como pueda el sentido trágico de la existencia y con frecuencia balbuceará máximas parecidas a las siguientes: "busca tu felicidad a toda costa", "lo único que importa es ser feliz" y otras tantas. Adicto a la infantil demagogia de la autoayuda, el hiperfeliz no se da cuenta de lo débil y peligroso de semejante planteamiento: Hitler, Stalin y Hussein quisieron ser "felices" a toda costa, y miren lo que hicieron con sus pueblos y buena parte de la humanidad. Un psicópata intentará también satisfacer su sed de felicidad y ejecutará las más abominables y horrendas acciones. ¿Qué puede decir un hiperfeliz al respecto? ¿No ve entonces cómo contradice su pseudo-filosofía? No: es un planteamiento demasiado "enrollado" o "negativo" como para entrar en su sistema.

Aquí vuelvo a aclarar, en caso de que se haya olvidado, que la búsqueda de la felicidad en sí es un bien encomiable y noble, pero recuerden que para el hiperfeliz la "felicidad" es un producto muy alejado del sentimiento original, que si bien es difícil de definir, claramente es más complejo y profundo que la banalidad prefabricada que nos quieren vender hoy en día. La felicidad como sentimiento de sutil plenitud, de serenidad y aceptación de la existencia no es popular en la época de la hiperfelicidad, y permanece secuestrada, acaso aplastada, entre la euforia de los hiperfelices que, como he dicho antes, consiste esencialmente en hacer sin pensar, tener sin entender, lograr sin querer y consumir, consumir, consumir.

Con sus frenéticas exigencias y necesidades implantadas, la hiperfelicidad se convierte, para mayor ironía, en una de las más peligrosas matrices de infelicidad de nuestra época. Cada vez son más los individuos frustrados y descontentos ante su existencia por no cumplir este "deber ser" que les han vendido como lo que es deseable, lo que es valorado y lo que es correcto. Es posible que esta corriente haya existido desde mucho antes de nuestra época, pero otro "hiperismo", la hipercomunicación - de la cual quizá escriba otro día - le ha dado un poder quizá demasiado grande a los hiperfelices de propagar su corrosivo estilo de vida.

Una de las obras que más me ayudó a reconocer el velo de la hiperfelicidad fue, cómo no, "Un mundo feliz" de Aldous Huxley. En el futuro distópico pintado por el autor, la gente del mundo civilizado depende de cierta droga para silenciar las angustias de la existencia: la fealdad, la enfermedad, la vejez, el dolor y el sufrimiento. El mundo feliz de Huxley nos pinta una sociedad de castas irrenunciables e inamovibles, espeluznantemente vacía, completamente banal y finalmente estúpida a pesar de su avanzada tecnología.

Se trata de un mundo cuya gente más pudiente vive entre placeres artificiales y vanos, se escandaliza e impresiona cuando encuentra y enfrenta el hecho de que ser humano va más allá de la búsqueda de placer, y que una vida constituida solamente de momentos felices no es más que un engaño plástico e insustancial. Quitando muchas de sus pinceladas de ciencia-ficción (aunque algunas podrían materializarse en relativamente poco tiempo), considero que la pesadilla del Mundo feliz está más cerca de nosotros que muchas otras con más popularidad. La hiperfelicidad nos convierte en máquinas de deseos vacuos que reniegan de todo aquello que nos hace humanos. En el mundo hiperfeliz se esboza la inquietante sonrisa de quien ha dejado de pensar y sólo busca sentir.

Aunque la felicidad haya muerto, intentemos revivirla.